Para comenzar este escrito es preciso relatar primero cómo llegué al lugar en el que me encuentro en este, mi segundo autorretrato.
Dormí toda la mañana después de haber laborado durante el turno nocturno. Casi logró quitarme el sueño no saber sí había hecho correctamente la conversión de liras turcas a euros tras recibir la llamada de un posible cliente. Pero no lo hizo, entonces, ya desayunado (bien podría llamarse cena matutina) me fui a la cama para no despertar hasta cerca de las tres de la tarde.
Subí a la terraza para fumar un cigarro. No suelo fumar en ayuno, pero de nuevo, es difícil hablar de horas de alimentación cuando los horarios de dormir se invierten; la mitad del día es la mañana, nos decimos dulces sueños cuando el sol comienza a dar calor y la madrugada resulta buen momento para comenzar una fiesta. Igual no fumé nada. Me encontré a Fikriye.
Fikriye es una de las dos mujeres que se encargan del aseo por estos rumbos, ella siempre bromea conmigo y sus chascarrillos suelen causarme mucha gracia, aunque nunca los comprendo. Como sea, me invitó a servirme un tazón de sopa o çorba hecha a base de yogur y arroz. Era un platillo que antes había probado, un poco ácido, pero nada que una pizca de sal y un estómago agradecido no arreglaran. Al terminar, también me convido de su pasta con pimientos y una ligera embarrada de salsa de tomate. Me levanté para lavar mi plato y después de un sincero "teşekkür ederim (gracias)" dejé que la conversación turca que se llevaba a cabo en la mesa en la que había comido siguiera su curso.
Salí y me dirigí a Moda Park, un bonito parque a la orilla del mar, con la única intención de acabar el interminable libro que leía en ese momento. Llegué, no sin antes hacer una escala en el súper mercado para comprar un paquete de galletas y una diminuta leche con chocolate, los cuales fungirían como mi postre. En fin, no terminé el libro, de verdad que me cuesta trabajo concentrarme en lecturas no novelescas. Sin intenciones de excusarme, he de decir que la gata entre las rocas que cuidaba a sus crías de cualquier posible amenaza como gaviotas y otros de su misma especie así como el pequeño que se acercó y me dedicó un par de dulces expresiones que no entendí, no hicieron más fácil la tarea que yo mismo me había encomendado para la tarde.
Después de finiquitar un capítulo (de dos que hacían falta para terminar el libro), me decidí a tomar un paseo a la orilla del mar que me encaminaría de regreso al hostal y tal vez me permitiría presenciar el ocaso. Los atardeceres en Estambul son un largo espectáculo anaranjado que desde ciertos puntos específicos de Kadiköy dibujan una perfecta silueta de las diferentes mezquitas y estructuras arquitectónicas del lado europeo, entre ellas Sultanahmet (la mezquita azul) y Ayasofya (Santa Sofía). Sin embargo, lograr ver el sol despidiéndose ha sido todo un reto para mí, puesto que mi disposición para ello comienza a las siete y media de la tarde y la luz no termina de irse sino hasta pasadas las nueve. Dos horas compartiendo risas con amigos pueden pasar volando, pero cuando hay que esperar algo solo y sólo enfocando la atención en ello, el tiempo puede ser un ente tortuoso. Por lo tanto, nunca he logrado ver la película completa, siempre algo distrae mi atención minutos antes y en esta ocasión no hubo excepción.
Aún era temprano y tras mi andar, ya había cambiado la perspectiva de mi horizonte para llegar a la previamente relatada. Dí con un fuerte de concreto bardeado con contacto directo al mar, donde hombres de diversas edades y profesiones acuden para dar fin a su día laboral con un rato de pesca. Tomé asiento a la lejanía para observarlos. Me sentí intrigado al percatarme de que el hilo de la caña de la mayoría salían del agua con más de un pescado. Al mismo tiempo, los anzuelos del chico más cercano a mi banca salían siempre como habían entrado.
A la distancia noté la llegada de un hombre que dejo caer un contenedor de plástico con una soga atada al mar, la llenó de agua y se dirigió al sitio donde yo me encontraba. Alistó sus instrumentos y vi como ataba a su anzuelo principal un hilo delgado del cual pendían más anzuelos, misterio resuelto.
Aquello que daría el peso al anzuelo principal se desprendió tras el primer lanzamiento. Mentiría si negara que creí ser el causante de la mala suerte, o por lo menos que el señor lo habría pensado; dicen por ahí que los amantes del mar son fieles creyentes de los mitos y la superstición. Después de unas maldiciones turcas y de recibir lo que supuse fueron burlas de los otros pescadores, mi compañero ató un nuevo dispositivo a su hilo y lo lanzó al océano. No pasó mucho tiempo para dar tranquilidad a mi consciencia; al regresar los múltiples anzuelos, el pescador y un servidor presenciamos la salida de tres pequeños peces, los cuales fueron a dar todavía vivos al bote de plástico con agua. ¡Tomen eso zoquetes burlones! Así se repitió algunas veces con variados resultados (en cuanto a la cantidad de criaturas marinas que se dejaban atrapar), fue en una tanda que diera cuatro pecesitos que el señor dejaría caer tres dentro de su balde y a uno lo regresaría a su hogar. Pensé que sería el tamaño de este la razón por la cual lo dejaría en libertad, pero aquel con la caña volvería a hacer lo mismo en diferentes ocasiones sin que yo pudiese notar una diferencia entre aquellos que recibían el perdón y los condenados a dejar su hábitat. Y fue cuando surgió mi pregunta: ¿cuántas veces puede un pez volver al mar?
Seguro que aquel pececillo que fue regresado al agua por la misma mano que llevó a cabo su captura se sabía pez frito, o a la plancha. El método de cocción no importa, el pez dejó de serlo para convertirse en pescado, no era más una criatura que aleteaba en el agua, ahora sería servido en la cena dentro de un pan para deleite de aquel con antojo de balık ekmek (un sandwich de pescado). Pobre, no le hacía falta recibir un tiro de gracia, al sentir el aire estando atado a un gancho de metal por la boca, probablemente ya no veía vida por delante. ¿Y quién podría agendar una cita para el miércoles mientras cae en martes de un octavo piso?
Para sopresa de todos (principalmente la suya), ese día no sería la ocasión en que nuestro amigo sería masticado por una boca con aliento a rakı. Fueron necesarias dos manos, un hilo y una caña de pescar para matarle, pero regresarle a la vida fue trabajo de una porta guantes solitaria. Seguro que no retornaría al agua de la misma manera en la que se había ido. De entrada, luciría ahora la cicatriz que dejó ese objeto brillante que mordiera antes de su partida al "otro mundo". Por otra parte, de verdad que había resucitado, ni el pescador lo consideraba vivo antes de verlo. Dentro de su cardumen los que lo conocieron ya se quitaban el sombrero y no faltaría un Santo Tomás que pretendiera meter la aleta dentro de su boca al verlo de vuelta. Era el pez pescado, ahora una leyenda.
¿Volvería el pez a tentar su suerte ó habría aprendido la lección? Tal vez ese sentimiento de morir y renacer (el cual debe ser genial) lo dejaría con ganas de jugársela una y otra vez hasta ser insertado en un balde previo a la olla o ser despojado de sus vísceras sin haber detenido siquiera sus coletazos de desesperación. Un trágico final para alguien que ya se había salvado, pero en fin, ¿quién vive más: aquel que tuvo una vida larga y próspera ó este que vivió más de una?

excelente pasaje carlitos no dejes de escribir nunca.
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