Antes de dejar mi casa, mi padre se preguntaba qué era lo que había hecho mal. Dónde estaba su error, por qué su hijo se marchaba al otro lado del planeta sin acabar la escuela y casi sin despedirse. Me hizo la misma pregunta que se hacía a sí mismo y no supe que responder, pero creo que ahora lo sé.
La culpa es suya. Por no querer comprarme una consola de videojuego. En su lugar me daba juguetes para que yo inventara historias una y otra vez alimentando mi imaginación y mis sueños. Él es el responsable de que yo haya aprendido a soñar despierto y a soñar siempre. Él fue el causante. Impidiéndome dormir temprano por las noches, siempre mintiendo; inventando cuentos fantásticos de príncipes y brujas. Obligándome a pintar sus palabras en mi mente y luego a recordarlas y luego a crearlas. ¡Falsificador! Re-inventando a D´Artagnan y dándole los giros más sorprendentes a historias clásicas para que fuesen interminables, haciéndome saber que la fantasía no tiene límite.
¿Inocente? Si fue él quien me dejaría hablar de niño, dándome a notar que podía expresar lo que pensaba y que si tenía una duda siempre habría alguien para responder, y que era mejor que suponer. ¿De quién hubieran surgido mis ganas de viajar? Ese hombre nunca titubeó cuando yo me subía en el asiento de copiloto, nunca dejó de llevarme a tierras lejanas de casa para maravillarme siempre de un mundo nuevo cuando yo creía que no había mucho más por ver, oler o saborear. Ahí estaba, enseñándome que el territorio se conquista con amistad y que no hay un lugar en el que no podamos tener amigos.
Fue mi padre quien me abrochó los patines (protagonistas en la mayoría de mis cicatrices), quien me subió a la bicicleta, quien me arrojara a la piscina. Logró que aprendiera que para seguir patinando había que levantarse de las caídas, que el ingenio y las ganas pueden superar un manubrio alto y que para salir del agua hay que saber nadar. Me dejó saber que la sorpresa siempre supera a la planificación, que podía ser mago, futbolista o estrella de rock y que las limitaciones para esto no las pondría nadie más que yo.
Falló. Me hizo echarme al mundo encima sólo para proteger a mi hermano, haciendo que encontrara en él el único apoyo incondicional. Y decía que estar lejos no significaba que tuviéramos que estar alejados, y yo aprendí que estar juntos tampoco es estar unidos. Y que nos une más compartir una cocina que compartir el apellido, o el nombre.
No me dio todo lo que un niño necesita para crecer, me dio todo lo que necesitaba para volar. Por esto y todo lo anterior, a mi padre se le declara… ¡culpable! Gracias papá.

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