lunes, 20 de julio de 2015

El vuelo de Kokorito

Entonces Ibrahim dijo: "Claro que comen pollo, son gaviotas, se comen todo. Incluso podrían comerte a ti." Ibrahim es uno de los dueños del hostal, se aparece por aquí de vez en vez y nunca había escuchado de su boca (me refiero a algo en un idioma que yo pudiese entender) algo que no fuera un saludo. Su comentario en inglés fue en respuesta a la sorpresa de Luciana al ver a las aves ya mencionadas batallando por una pieza de pollo a la parrilla, ella es mi compañera italiana de trabajo y de cuarto. Como sea, esa frase me mató de la risa. Claro, hacía tiempo ya que yo había corroborado esa afirmación.

Las calles de Estambul están llenas de vida. La parte asiática escupe juventud turca, mientras en la europea hay una mezcla de idiomas digna de Babel. Las partes silenciosas de esta gran urbe representan tranquilidad, no soledad, e incluso en Ramadán es factible encontrar personas en la calle tomando una cerveza en horas de madrugada. Así es, la vida no se detiene y mucho menos teniendo en cuenta que la fauna de la ciudad no se reduce sólo a los humanos.

No son osos, sin embargo, la gordura de los perros callejeros podría hacerlos pasar por estas criaturas del bosque o por lo menos por ovejas que llevan años sin ser trasquiladas. Tal vez sea la costumbre o su misma obesidad, aquello que les impide entrar en esta constante pelea en contra de los gatos, quienes aparte superan a la población canina en una considerable cantidad. La gente es amable con estos animales, incluso se podría decir servicial, y no es para menos; la inmensa cantidad de felinos anula la existencia de ratas y ratones. 

En los tejados la situación no es muy distinta. Es común observar por las mañanas a las personas colocando en sus balcones pedazos de pan con la única intención de alimentar a las gaviotas o a cualquier otra ave que pase por ahí. Zehra, la chica local que prepara el desayuno de lunes a viernes, no es la excepción. Ella prefiere arrojar al techo vecino los huevos cocidos que no fueron consumidos dentro del horario del desayuno y ver como las aves blancas se amontonan por consumir un pedazo de lo que bien podría llamarse el aborto de sus primos lejanos. Sí, se comen todo, incluso lo que no está destinado a terminar en su pico, hasta me he llegado a sentir su cómplice al contemplar con una sonrisa como hurtan el desayuno de algún cliente despistado que olvidó llevar a su mesa el café.  

Fue en el techo que conocí a Kokorito, un polluelo de gaviota con el cual jugaba al "frisbee" con rebanadas de pan para alimentarlo. Me sorprendió lo territoriales que eran estas aves; cada vez que otro pájaro se planteaba aterrizar en el techo donde habitaba mi pequeño amigo, sus padres lo ahuyentaban con aleteos y con esos horribles graznidos que emiten las gaviotas desde tempranas horas. Al observar más a detalle, noté también cómo no planeaban dejar sola a su cría; cerca de las siete de la tarde, los animales emplumados de la ciudad salen a dar un paseo alentadas por la corriente de viento que es más prominente a esta hora del día. Al parecer, todas se divierten mucho, pero los progenitores de Kokorito hacían relevos para ir de paseo. 

En fin, logré encariñarme con el feo pichón después de pasar largos ratos esperando la puesta de sol (en vano) y apreciando la danza aérea sincronizada de los plumíferos citadinos. De tal modo que presenciar el primer vuelo de Kokorito se hizo mi mayor deseo, con el cual contagié a Hüseyin, mi kanka (podría traducirse en español mexicano a mi carnal). Fue dando un paseo con este muchacho que vimos a una bebé gaviota detener el tráfico, ya que no sabía volar y al parecer no estaba familiarizado con las casi nulas normas de tránsito de la ciudad.

Mi corazón se detuvo, pude imaginar que se cayó del tejado que lo vio nacer y peor aún: pude imaginar a mi querido Kokorito cayendo como lo hiciera este de su misma especie. Esa tarde, al regresar al hostal, corrí al techo para verificar que mi emplumado camarada siguiera ahí. Y así fue. No obstante, otro fenómeno llamó mi atención; tanto mi compañero emplumado como las demás crías de gaviota en los otros techos vecinos, saltaban impulsados de las tejas para aletear al viento practicando su primer despegue. He de aceptar que Kokorito no era más agraciado que los demás, pero mi cariño ya lo tenía.   

Durante varios días se convirtió en nuestro pasatiempo favorito (de Hüseyin y mío), alentar a a la pequeña ave a volar: ¡uç Kokorito, uç! Mi amigo (humano), quien es el encargado de la barra del hostal, no tardó en perder la esperanza, creo que sus palabras exactas traducidas al español fueron: "Kokorito no vuela, es idiota", pero mi fe no se acabo tan pronto como la suya; seguiría cada tarde subiendo a la terraza para verificar que no hubiera salido del nido sin que yo estuviese ahí para presenciarlo.

Fue en una tradicional fiesta de sábado por la tarde, en la terraza de Hush Moda, que no pude encontrar al pajarito. Tuve que detener mis lágrimas porque había mucha gente en la reunión sabatina, pero no pude dejar de sufrir por las diferentes opciones que venían a mi mente; tal vez Kokorito no había querido esperarme y partió habiendo dominado la técnica de vuelo, o peor aún; era posible que hubiera caído como aquella primera gaviota que vi caminando por la calle. Como fuera, su techo estaba vacío, tal como yo me sentía. Sin embargo, dentro de mi búsqueda desesperada pude notar como una gran esfera de luz rojiza se iba escondiendo poco a poco en el horizonte delimitado por la torre Galata (una de las mayores atracciones en la zona de Taksim) y demás monumentos afamados del lado europeo.

Así es. Por fin pude presenciar un atardecer completo. ¡Y cuán hermoso era! En ocasiones anteriores sólo había podido notar cómo la luz se filtraba por los edificios o se reflejaba en el cielo nublado, dando a las formaciones de vapor un tono bicolor, pero ahora, veía como cada segundo la pelota a la cual llamamos sol bajaba más y más despidiéndose de los pobladores de Istanbul. Hasta pensé en correr a por mí cámara, pero ya me había perdido un gran acontecimiento en el día (el vuelo de mi Kokorito), no me sentía con ánimos de dejar  pasar el segundo. Fue una decisión acertada; la partida del gran astro fue cuestión de un par de minutos, jamás hubiera logrado correr al departamento frente al hostal (en el que habitamos aquellos que trabajamos a cambio de hospedaje) para tomar la cámara y estar de regreso a tiempo (sin contar los minutos que me hubiera quitado la inminente caída que mi torpeza, aunada a la urgencia, hubieran provocado subiendo o bajando las largas escaleras). Además, entendí que hay circunstancias que tan no son dignas de ser capturadas, que ni el mejor filtro de un teléfono móvil podría dar una mínima idea de la magnificencia de algo tan simple y tan cotidiano (excepto en el polo norte en épocas de verano) cómo lo es el final de un día ó el primer vuelo de una gaviota.

Los días han pasado y estoy seguro de que Kokorito ha regresado. Probablemente para burlarse de sus contemporáneos vecinos que aún no logran volar. Como le dije a Hüseyin: "Kokorito es el chico más listo de la cuadra". Cada vez pasa más tiempo entre visita y visita a su antiguo hogar. Supongo que llegará la ocasión (a no ser que ya llegó desde hace mucho y sólo me engaño a mi mismo) en la que jamás vuelva. Sus alas cada día se ven más blancas y menos grises. Seguro que también me perderé su evolución de un horrendo polluelo a una espantosa y maligna gaviota que al crecer sabrá que puede obtener algo mejor que pan. Sí, mientras las gaviotas bebés son feas pero simpáticas y agradecidas, las adultas son temibles y hasta se dan el lujo de ignorar la comida gratuita que un buen samaritano les otorga. Probablemente no tardarán en demandar carne humana. Hitchcock no hizo una película, hizo una predicción.    


domingo, 21 de junio de 2015

Día del padre

Antes de dejar mi casa, mi padre se preguntaba qué era lo que había hecho mal. Dónde estaba su error, por qué su hijo se marchaba al otro lado del planeta sin acabar la escuela y casi sin despedirse. Me hizo la misma pregunta que se hacía a sí mismo y no supe que responder, pero creo que ahora lo sé.

La culpa es suya. Por no querer comprarme una consola de videojuego. En su lugar me daba juguetes para que yo inventara historias una y otra vez alimentando mi imaginación y mis sueños. Él es el responsable de que yo haya aprendido a soñar despierto y a soñar siempre. Él fue el causante. Impidiéndome dormir temprano por las noches, siempre mintiendo; inventando cuentos fantásticos de príncipes y brujas. Obligándome a pintar sus palabras en mi mente y luego a recordarlas y luego a crearlas. ¡Falsificador! Re-inventando a D´Artagnan y dándole los giros más sorprendentes a historias clásicas para que fuesen interminables, haciéndome saber que la fantasía no tiene límite.

¿Inocente? Si fue él quien me dejaría hablar de niño, dándome a notar que podía expresar lo que pensaba y que si tenía una duda siempre habría alguien para responder, y que era mejor que suponer. ¿De quién hubieran surgido mis ganas de viajar? Ese hombre nunca titubeó cuando yo me subía en el asiento de copiloto, nunca dejó de llevarme a tierras lejanas de casa para maravillarme siempre de un mundo nuevo cuando yo creía que no había mucho más por ver, oler o saborear. Ahí estaba, enseñándome que el territorio se conquista con amistad y que no hay un lugar en el que no podamos tener amigos.

Fue mi padre quien me abrochó los patines (protagonistas en la mayoría de mis cicatrices), quien me subió a la bicicleta, quien me arrojara a la piscina. Logró que aprendiera que para seguir patinando había que levantarse de las caídas, que el ingenio y las ganas pueden superar un manubrio alto y que para salir del agua hay que saber nadar. Me dejó saber que la sorpresa siempre supera a la planificación, que podía ser mago, futbolista o estrella de rock y que las limitaciones para esto no las pondría nadie más que yo. 

Falló. Me hizo echarme al mundo encima sólo para proteger a mi hermano, haciendo que encontrara en él el único apoyo incondicional. Y decía que estar lejos no significaba que tuviéramos que estar alejados, y yo aprendí que estar juntos tampoco es estar unidos. Y que nos une más compartir una cocina que compartir el apellido, o el nombre. 

No me dio todo lo que un niño necesita para crecer, me dio todo lo que necesitaba para volar. Por esto y todo lo anterior, a mi padre se le declara… ¡culpable! Gracias papá.






sábado, 20 de junio de 2015

¿Cuántas veces puede un pez volver al mar?

Para comenzar este escrito es preciso relatar primero cómo llegué al lugar en el que me encuentro en este, mi segundo autorretrato.

Dormí toda la mañana después de haber laborado durante el turno nocturno. Casi logró quitarme el sueño no saber sí había hecho correctamente la conversión de liras turcas a euros tras recibir la llamada de un posible cliente. Pero no lo hizo, entonces, ya desayunado (bien podría llamarse cena matutina) me fui a la cama para no despertar hasta cerca de las tres de la tarde.

Subí a la terraza para fumar un cigarro. No suelo fumar en ayuno, pero de nuevo, es difícil hablar de horas de alimentación cuando los horarios de dormir se invierten; la mitad del día es la mañana, nos decimos dulces sueños cuando el sol comienza a dar calor y la madrugada resulta buen momento para comenzar una fiesta. Igual no fumé nada. Me encontré a Fikriye.

Fikriye es una de las dos mujeres que se encargan del aseo por estos rumbos, ella siempre bromea conmigo y sus chascarrillos suelen causarme mucha gracia, aunque nunca los comprendo. Como sea, me invitó a servirme un tazón de sopa o çorba hecha a base de yogur y arroz. Era un platillo que antes había probado, un poco ácido, pero nada que una pizca de sal y un estómago agradecido no arreglaran. Al terminar, también me convido de su pasta con pimientos y una ligera embarrada de salsa de tomate. Me levanté para lavar mi plato y después de un sincero "teşekkür ederim (gracias)" dejé que la conversación turca que se llevaba a cabo en la mesa en la que había comido siguiera su curso.

Salí y me dirigí a Moda Park, un bonito parque a la orilla del mar, con la única intención de acabar el interminable libro que leía en ese momento. Llegué, no sin antes hacer una escala en el súper mercado para comprar un paquete de galletas y una diminuta leche con chocolate, los cuales fungirían como mi postre. En fin, no terminé el libro, de verdad que me cuesta trabajo concentrarme en lecturas no novelescas. Sin intenciones de excusarme, he de decir que la gata entre las rocas que cuidaba a sus crías de cualquier posible amenaza como gaviotas y otros de su misma especie así como el pequeño que se acercó y me dedicó un par de dulces expresiones que no entendí, no hicieron más fácil la tarea que yo mismo me había encomendado para la tarde.

Después de finiquitar un capítulo (de dos que hacían falta para terminar el libro), me decidí a tomar un paseo a la orilla del mar que me encaminaría de regreso al hostal y tal vez me permitiría presenciar el ocaso. Los atardeceres en Estambul son un largo espectáculo anaranjado que desde ciertos puntos específicos de Kadiköy dibujan una perfecta silueta de las diferentes mezquitas y estructuras arquitectónicas del lado europeo, entre ellas Sultanahmet (la mezquita azul) y Ayasofya (Santa Sofía). Sin embargo, lograr ver el sol despidiéndose ha sido todo un reto para mí, puesto que mi disposición para ello comienza a las siete y media de la tarde y la luz no termina de irse sino hasta pasadas las nueve. Dos horas compartiendo risas con amigos pueden pasar volando, pero cuando hay que esperar algo solo y sólo enfocando la atención en ello, el tiempo puede ser un ente tortuoso. Por lo tanto, nunca he logrado ver la película completa, siempre algo distrae mi atención minutos antes y en esta ocasión no hubo excepción.

Aún era temprano y tras mi andar, ya había cambiado la perspectiva de mi horizonte para llegar a la previamente relatada. Dí con un fuerte de concreto bardeado con contacto directo al mar, donde hombres de diversas edades y profesiones acuden para dar fin a su día laboral con un rato de pesca. Tomé asiento a la lejanía para observarlos. Me sentí intrigado al percatarme de que el hilo de la caña de la mayoría salían del agua con más de un pescado. Al mismo tiempo, los anzuelos del chico más cercano a mi banca salían siempre como habían entrado.

A la distancia noté la llegada de un hombre que dejo caer un contenedor de plástico con una soga atada al mar, la llenó de agua y se dirigió al sitio donde yo me encontraba. Alistó sus instrumentos y vi como ataba a su anzuelo principal un hilo delgado del cual pendían más anzuelos, misterio resuelto. 

Aquello que daría el peso al anzuelo principal se desprendió tras el primer lanzamiento. Mentiría si negara que creí ser el causante de la mala suerte, o por lo menos que el señor lo habría pensado; dicen por ahí que los amantes del mar son fieles creyentes de los mitos y la superstición. Después de unas maldiciones turcas y de recibir lo que supuse fueron burlas de los otros pescadores, mi compañero ató un nuevo dispositivo a su hilo y lo lanzó al océano. No pasó mucho tiempo para dar tranquilidad a mi consciencia; al regresar los múltiples anzuelos, el pescador y un servidor presenciamos la salida de tres pequeños peces, los cuales fueron a dar todavía vivos al bote de plástico con agua. ¡Tomen eso zoquetes burlones! Así se repitió algunas veces con variados resultados (en cuanto a la cantidad de criaturas marinas que se dejaban atrapar), fue en una tanda que diera cuatro pecesitos que el señor dejaría caer tres dentro de su balde y a uno lo regresaría a su hogar. Pensé que sería el tamaño de este la razón por la cual lo dejaría en libertad, pero aquel con la caña volvería a hacer lo mismo en diferentes ocasiones sin que yo pudiese notar una diferencia entre aquellos que recibían el perdón y los condenados a dejar su hábitat. Y fue cuando surgió mi pregunta: ¿cuántas veces puede un pez volver al mar?

Seguro que aquel pececillo que fue regresado al agua por la misma mano que llevó a cabo su captura se sabía pez frito, o a la plancha. El método de cocción no importa, el pez dejó de serlo para convertirse en pescado, no era más una criatura que aleteaba en el agua, ahora sería servido en la cena dentro de un pan para deleite de aquel con antojo de balık ekmek (un sandwich de pescado). Pobre, no le hacía falta recibir un tiro de gracia, al sentir el aire estando atado a un gancho de metal por la boca, probablemente ya no veía vida por delante. ¿Y quién podría agendar una cita para el miércoles mientras cae en martes de un octavo piso? 

Para sopresa de todos (principalmente la suya), ese día no sería la ocasión en que nuestro amigo sería masticado por una boca con aliento a rakı. Fueron necesarias dos manos, un hilo y una caña de pescar para matarle, pero regresarle a la vida fue trabajo de una porta guantes solitaria. Seguro que no retornaría al agua de la misma manera en la que se había ido. De entrada, luciría ahora la cicatriz que dejó ese objeto brillante que mordiera antes de su partida al "otro mundo". Por otra parte, de verdad que había resucitado, ni el pescador lo consideraba vivo antes de verlo. Dentro de su cardumen los que lo conocieron ya se quitaban el sombrero y no faltaría un Santo Tomás que pretendiera meter la aleta dentro de su boca al verlo de vuelta. Era el pez pescado, ahora una leyenda.


¿Volvería el pez a tentar su suerte ó habría aprendido la lección? Tal vez ese sentimiento de morir y renacer (el cual debe ser genial)  lo dejaría con ganas de jugársela una y otra vez hasta ser insertado en un balde previo a la olla o ser despojado de sus vísceras sin haber detenido siquiera sus coletazos de desesperación. Un trágico final para alguien que ya se había salvado, pero en fin, ¿quién vive más: aquel que tuvo una vida larga y próspera ó este que vivió más de una?

viernes, 5 de junio de 2015

Obsesiones

Hay una pregunta que se me ha hecho en varias ocasiones desde que estoy en Estambul: ¿qué es lo que llevas en tu mochila? Ésta (la cuestión) usualmente viene acompañada de otra: ¿por qué nunca la dejas? La respuesta a ambas siempre varía, para empezar: no me gusta cargar con cosas en los bolsos del pantalón y no soporto la idea de abrocharme a la cintura un suéter previendo el caso de que haga frío después de haber presenciado el día más soleado. Vale la pena recalcar también la gran mentira de los diccionarios al llamarse a sí mismos en la portada como objetos de bolsillo. Para mí, los artículos de bolsillo se reducen a monedas y un encendedor (çakmak, una de las palabras que pueden salvar vidas y uñas en Turquía). Aunemos a esto mi continuo intento por formar colecciones de cuanta tontería se me atraviese y mi visionaria capacidad para imaginar circunstancias en las que me surge la necesidad de usar cosas halladas en la calle (una corcholata para llevar a cabo un cirugía a un limón por ejemplo). Así, me he dado cuenta que la verdad es que no es tanto lo que lleve y no es que no pueda dejarla en otro lugar, si no que nunca sé con qué me voy a encontrar y voy a querer cargar en la bolsa que llevo todo el tiempo cargando en mi espalda. Es algo casi obsesivo.   

Nunca se sabe que tan obsesivo se puede llegar a ser hasta que una idea se clava en la mente.

 Después de intentar comprender el sistema de trabajo en el hostal y de cubrir un par de turnos, decidí que era el momento para echar un vistazo a la parte europea de la ciudad y en ella, a uno de los sitios más visitados: el museo de arqueología. Al ser mi estancia en Estambul mucho más larga que la del turista promedio opté por llevar las cosas con calma y tomar el tiempo necesario para conocer cada una, de las muchas, atracciones que hay por visitar en la ciudad turca. Ese día realicé  mi primer "check-out" asistido por Arsen, otro de los gerentes de Hush Moda hostel y me hice de una tarjeta para viajar más barato en el ferri, el metrobus y el metro. Sí, me vi como el oportunista que soy y la compré más barata al cliente que estaba abandonando el hostal. 

Tras preparar mi mochila y revisar que la carga de mi cámara fuera la óptima me puse en marcha al recinto que forma parte del palacio de Topkapi. Es importante mencionar que provengo de la ciudad con más museos en el mundo, sin embargo, esto no impidió que me sorprendiera con la basta cantidad de lugares que exhiben tras vitrinas objetos antiguos, históricos y artísticos en la ciudad de la que ahora me siento parte.

Al llegar a la taquilla intenté hacer uso del poco idioma local que he aprendido, por tanto le dije a la señorita que me atendía que quería "bir bilet". A lo que ella respondió con algo similar a "hsgdbciendn", por lo cual, con una gran sonrisa reiteré: "bir bilet". Con el mismo gesto de felicidad que le hice yo en un inicio, me daría mi boleto (si no se enteró de que yo no era su compatriota seguro que por lo menos dudó de mis facultades mentales). Pronto me encontré hojeando un mapa en el patio principal del museo, acordé con mí mismo que visitaría los diferentes edificios y salas en el orden en que se encontraran con mi andar. Fue así como llegue a la sala que alberga la roca de la cual trata esta historia de obsesión.

Entré y lo primero que vi fue un módulo de vigilancia que tenía un monitor donde pude notar que a diferencia del hostal, cuya pantalla se divide para mostrar las imágenes que envían las cámaras de los diversos pisos, esta sólo emitía una. La miré con poca importancia ya que no sabía cuán necesario sería mi análisis de la misma después. Comencé el recorrido por la sala de exposición y tras mirar unas cuantas esculturas de cabezas miniatura talladas en piedra, la vi.

Estaba ahí como esperando por mí. Una losa con inscripción que databa del segundo siglo del año de nuestro señor, o bueno, eso decía la descripción. He de aceptar que en el momento no supe de lo que estaba hecha, sólo sabía que estaba ahí y que llevaba ahí quién sabe cuánto tiempo sin poder ser tan admirada por alguien como yo lo hacía en ese momento. No eran tanto los relieves de cabezas de toro y de enredaderas con frutos, era el mismo material que me provocaba esta sensación. Una sensación de, ¿cómo explicarlo? De querer sentirla, de abrazarla, de querer ser ella, de pasear lentamente mis dedos tanto por sus tallados preciosos como por sus grietas causadas por la erosión natural que sufren todas las rocas e impregnarme con su polvo. La miraba y miraba a mí alrededor sin poder creer que nadie se estaba volviendo tan loco como un servidor al apreciar esa roca probablemente más antigua que la misma humanidad. 

Busqué por todos lados un letrero que me prohibiera llevar a cabo mis deseos. Solamente encontré uno que decía en turco y en inglés que no estaba permitido tomar fotos con flash, sin embargo no me atreví a complacer mis impulsos. Intuí que estaba implícita la anulación de cualquier contacto físico con los objetos exhibidos, resultaba también contradictorio el hecho de observar otras antigüedades tras vitrinas. ¿Por qué irían a dejar algunas cosas libres y otras encerradas en cajas de cristal? ¿Sería porque aquellas sin enjaular tenían permitido el contacto humano así como lo tenían con el aire? ¿Preguntar a un guardia? Ni loco, si algo he aprendido es que de cuestionar a una autoridad y recibir una respuesta negativa sólo lograría atraer el foco de atención, anulando así cualquier posibilidad, si es que la tenía, de llevar a cabo mis planes. Igual no me permití sentir la roca, no tenía ganas de jugar al "good cop, bad cop (policía bueno, policía malo)" en un idioma desconocido sin poder enterarme siquiera de quién era el bueno y quién el malo.

Continué mi visita por el museo de las obras de antiguo oriente puesto que sólo había logrado alborotar mi cabello a la entrada de la sala ya mencionada. Durante todo mi recorrido por este, el primer edificio de todo el museo de arqueología, me fue inevitable recordar a cada paso que daba mi hermosa losa. Claro que no me impedí a mí mismo maravillarme con varias de las siguientes piezas expuestas. Aunque al final sólo lograban recordarme, como le pasa a los románticos, a mi primer amor. 

Fue esperando a que un grupo de turistas, de esos que toman fotos a todo lo que se encuentran, pieza por pieza, que noté que descansaba mi brazo encima de una escultura de cierto mineral. !Había logrado tener contacto con un objeto dispuesto para exposición sin darme cuenta! Nadie había dicho nada, nadie lo había notado. Advertí que fue la falta de espontaneidad aquello que me impidiera cumplir mi capricho. Así sucede con todo, es como pedir un beso; significa perder el momento, la atmósfera y con ello, la oportunidad. Pero este muchachito no se rinde así de fácil, si ya había logrado postrar mi mano sobre algo que tenía poco interés en mi persona, mi tacto tenía que experimentar con la piedra anhelada. 

Procedí a llevar a cabo mi plan, no debía pensar demasiado las cosas, sólo por aquello de las dudas primero habría que verificar que no hubiera ningún guardia cerca. No lo había, el mundo se detuvo, extendí mi dedo índice (E.T. llama a casa) y con la yema de este, pude sentir esa fría piedra que sólo dios sabe cuánto tiempo llevaba sin ser tocada. Fue, como diría Lord Henry en El retrato de Dorian Gray refiriéndose a los cigarrillos, el modelo del perfecto placer; fue exquisito y me dejó insatisfecho. Me sentí como un niño travieso, no podía quedarme así, debía ser por lo menos un adulto travieso. Volví al contacto pero ahora mi dedo recorrió toda la parte lateral con un zigzagueo para poder percibir como es debido las grietas y protuberancias del material desconocido. Lo hice una vez más, ahora el recorrido se llevó a cabo entre los cincelados dibujos de, como decía la etiqueta de la descripción, la flora y la fauna. Fue glorioso.

No pude evitar salir de ahí con una curva dibujada en mis labios, de la misma manera no pude hacer nada para dejar de sentir que necesitaba más. ¿Qué más podía hacer? ¿Llevármela en la mochila? Claro que lo pensé, pero estaba muy seguro de que a pesar de que tampoco había un letrero que indicara que esta acción estaba prohibida, no era la mejor idea. Y de cualquier manera ¿qué haría? ¿Cargarla? Seguro que pesaba más que los zapatos de plataforma de la Señorita Pie Grande. Mientras fumaba un cigarrillo (así es, por fin podía fumar) repasaba y repasaba lo acontecido y me preguntaba qué más podría hacer para salir de aquella casa de cultura e historia completamente satisfecho. De pronto esta nueva y loca idea se me atravesó; debía probar la roca, saborearla, lamerla.

No culparía a nadie por dudar de mi salud mental, yo mismo dudé de ella. Era un hecho, mi lengua tenía que tocar esa escultura tan antigua para que pudiera escuchar la gran orquesta de la satisfacción en mi cabeza al salir de ahí. No podía ir inmediatamente, tenía primero que terminar la misión por la cual originalmente había ido (claro, uno no sale de la cama pensando que va a darle un lengüetazo a la primera piedra que se encuentre): admirar todos los objetos exhibidos en el museo. Así, me paseé por el edificio principal que constaba de tres pisos e innumerables objetos por ver y carteles que leer. Cómo imaginaría cualquiera, no pasó un minuto sin que está obsesiva cabecita dejara de pensar en el sabor a mineral antiguo. De vez en vez me distraía con cosas sumamente interesantes y tratando de averiguar en dónde estaba el sarcófago de Alejandro Magno, cuya fotografía se podía ver en el mapa a pesar de que este no señalaba en donde podría encontrarse.

Terminé de recorrer el edificio completamente exhausto. Verán, una de las más grandes ventajas de viajar solo es que puedes ir al ritmo que te plazca, detenerte a admirar cada escultura, cada mosaico, columna, vasija siria, cuchillo mesopotámico o mapa sin que nadie vaya detrás de ti diciéndote que es hora de beber, de comer o que simplemente ya se aburrió. Por ello, tomé el tiempo que quise para leer las explicaciones que más me llamaban la atención, razón por la cual yo estaba cansado y más ansioso aún por hacer lo que ya todos sabemos quería hacer.

Una mentadita previa a la gloria

Este relato merece un corto subtítulo para que el lector pueda entretenerse un poco y distraerse de mi enfermedad psíquica. Al terminar mi visita por el museo principal noté que había una señora tomando aire en un balcón en el tercer piso. Había una guardia detrás de ella y un listón que impedía la salida a dicha terraza. Una extraña combinación; una mujer haciendo algo que aparentemente estaba prohibido, más la persona que supuestamente debería detenerla casi compartiendo la vista con ella, más un obstáculo físico en mi camino, más un jardín espectacular que se podía ver tras un ligero asomo. Supongo que son pocos aquellos que aún no imaginan lo que pasó después; por supuesto, me adherí a la ecuación. Burlé por debajo la cinta protectora y eché un vistazo al jardín, de verdad que era bonito, estaba compuesto por muchísimas plantas que se enredaban alrededor de lo que parecían ser ruinas y habitado por una extensa población de gatos. No alcanzaba todavía ni a sacar mi cámara cuando la guardia que se había hecho de la vista gorda con la señora ya me estaba diciendo que no podía estar ahí, no recuerdo ni la lengua en la que me lo hizo saber. Como fuese, logró su cometido. Salí de ahí algo decepcionado, la turista le agradeció en inglés a la Señora Seguridad (ni siquiera eran amigas, la uniformada decidió hacer una excepción y esta no fui yo). La guardia pronto se fue y yo me quedé con ganas de saber cómo se podía acceder a ese lugar o al menos su nombre para averiguar lo primero después. No encontré a nadie como para pedir esta información, por tanto comencé a bajar con la certeza de que hallaría a alguien en mi camino que me ayudará a informarme y así fue, o mejor dicho: así pareció. 

En el segundo piso mi mirada se encontró con un guardia de edad avanzada descansando en una silla. Me propuse cuestionarle a él, me acerqué y ya podía distinguir su rostro poco amigable, con toda amabilidad le dije: "English?" para saber si entendería lo que estaba por preguntarle antes de llegar a invadirlo con un lenguaje desconocido. No sé qué me dijo pero su oración terminó con un descortés "what?" como más bien diciendo: ¿qué chingados quieres? Ni mi ánimo, ni mi amabilidad se disminuyeron, aunque fuera gruñón le iba a exprimir la respuesta a mis dudas. Dije: "name", señalando el jardín que me causaba intriga. Después de una sesión de gestos, palabras en turco y repetir la palabra "nombre" en inglés como previamente había hecho yo, el tipo dio su respuesta final: "garden". ¿Garden? ¡¿Garden?! Esto sí que me enfureció, era un hecho que eso de afuera era un jardín, si bien no necesitaba la traducción en turco de la palabra jardín, menos necesitaba que un hombrecito enojado me la hiciera al inglés, idioma que por seguro manejo mejor que él. "¿Garden?" dije en voz alta y ahora con una cara seguramente similar a la suya. Este repitió la palabra ya varias veces reiterada.

No lo pude evitar, le dediqué una gran mentada de madre a la mexicana y unas cuantas a la española sabiendo que entendería que no estaba feliz con su respuesta por el tono en el que pronuncié las palabras (que no repetiré en este relato), pero con la certeza también de que no comprendería la gravedad con la cual estaba siendo insultado, él, sus padres y hasta sus antepasados. "Garden", que listo se sintió, un chico pregunta si sabes hablar en inglés y le terminas dando tú una lección. <<Heee, si, esteee, disculpe señor. Me preguntaba si usted, esteeee, sí, si usted, ehmmmm, si usted sabría cómo se le llama a ese lugar que tiene muchas plantas señor.>> Bendita indignación, después de ese episodio pude tragar mi rabia con un fuerte ataque de risa. Estaba seguro de que él me había insultado a mí también, qué simpático, probablemente nos dijimos a la cara hasta de lo que nos íbamos a morir y al no entendernos decidimos cada quien seguir con nuestro camino, como debería pasar después de cualquier agresión verbal.

Ya terminado este no muy corto paréntesis es necesario proseguir con la historia principal de esta entrada. Así, a mi salida del edificio principal y después enterarme de que la zona en la que se encuentra el sarcófago de Alejandro Magno se encontraba cerrada por reparación (sí, me decepcione un poco, pero no olvidemos que mi mente estaba poseída por un pensamiento), me encamine al kiosco de los azulejos, mi última parada antes de lo que ya todos sabemos iba a hacer. Dentro de este lugar había muchas vasijas y platos adornados con diminutas y muy bonitas piezas de azulejo, así como mosaicos del mismo material adornando algunas paredes. El agotamiento no impidió mi fascinación, pero sí logró hacer que mi visita fuera más breve.

Era hora, mi corazón hubiera reventado los tímpanos de cualquier cardiólogo que se hubiese aventurado a escucharlo con un estetoscopio en ese momento. No diré que fui directo al grano (llámese a la roca para la ocasión), la verdad es que titubeé; pude verme en los noticieros mexicanos con el titular: "Mexicano en Turquía intenta comer losa tallada de un museo de Estambul". Todos sabemos la vergüenza nacional que acontecimientos como estos pueden provocar. Digo, no lo compararía con apagar el fuego olímpico con una meada, pero tampoco haría uso del famoso: "mamá estoy en la televisión", mientras se transmitiera por cadena nacional mi deportación. 

Tomé valor, sabía que me arrepentiría si no salía de ahí sabiendo cual era el sabor del monumento que tanto había causado en mi ser. Entré al edificio y de nuevo vi el monitor, noté cómo cambiaba, ¡las imágenes que transmitían las cámaras estaban continuamente cambiando! Y yo ni siquiera me había detenido a mirar en dónde estaban colocadas. Supe que era una ruleta rusa, me adentré y en breve estuve parado frente a la escultura proveniente de Yemen. Cambié mi posición a lateral respecto a mi tan querida roca al advertir la ubicación de la video transmisora. Tuve miedo, intente tocarla una vez más y llevar el dedo a mi boca, en ese mismo instante me di cuenta de que no sería lo mismo, mi lengua tenía que tener contacto directo con la tan mencionada. Acerque mi rostro, podía oler su aroma a nada, mi nariz avisó que ya estaba en posición de alcanzarla con el músculo de la boca. Entonces, saqué la lengua y con la punta probé y sentí mi amado pedazo de losa.

¿A qué sabía? A lo que sabe la victoria, a lo que sabe alcanzar un objetivo. Con esto quiero decir, evidentemente, que la antigüedad no tenía ningún sabor particular, sin embargo, poder liberarse de una obsesión siempre significa quitarse un gigantesco peso de encima. Es como tener un nombre, como se dice popularmente, en la punta de la lengua y no terminar de recordarlo. Traerlo de nuevo a la memoria es un gran alivio por más que no sirva de nada saberlo o por más que sea mucho más fácil recurrir a internet para buscarlo. 

Una obsesión es un peso, bien dijo Milan Kundera que el peso es lo que nos mantiene en este plano terrenal. Es inevitable tener que cargar con algo, ya sea en una mochila multicolor o en la conciencia, no obstante, siempre es mejor viajar ligero. Es una importante cualidad poder desprenderse de aquello que realmente no necesitamos y las ideas obsesivas usualmente entran dentro de este último grupo, suelen lastimarnos e inquietarnos cada vez que recurrimos a ellas. Es por eso que uno debe evitar hacer o dejar de hacer algo con lo que luego se pueda obsesionar. Sin embargo, resulta una elección muy al azar. Nunca se sabe si una decisión nos va a llevar a conocer algo bueno o si será nuestra última elección, si nos va a dejar siendo mejores personas o si nos iremos igual a como llegamos. Somos una partida de dados, lo mejor que podemos intentar hacer, y para esto cito al hombre que más respeto (mi papá), es: "no romper algo que no se pueda volver a pegar". 


Por cierto, el nombre del material de la losa es alabastro y cualquiera que justifique mi obsesión y mi comportamiento alegando que la piedra puede llegar a causar adicción será recompensado.

Dejaré por aquí mi primer autorretrato. Los más modernos pueden llamarlo "selfie".

jueves, 28 de mayo de 2015

Introducciones breves y largas indecisiones

Salvo por la escasa (dígase nula) existencia de vendedores en el transporte público, mi primera impresión de Turquía fue que no es tan diferente a México. Bien, las revoluciones de la vida cotidiana son más lentas por aquí pero, al igual que los paisanos, los autos no respetan a los peatones y los peatones se sienten invencibles, prefieren cruzar cuando parece una buena oportunidad y no cuando el monigote de luz verde lo indica. Las motocicletas están hechas de goma aquí también al igual que sus conductores; entran en andadores peatonales, desafían a los camiones y no tienen ningún reparo en marchar a contra flujo. Toda hora es buena para tomar té o çai y mi madre se volvería loca con la cantidad de vitrinas que exhiben pastelillos y postres. Ni siquiera yo me resistí, aunque como de costumbre, mi indecisión me llevó a pedir uno de los que supongo formaba parte de la peor selección de bocadillos dulces. Espero no ser mal interpretado, esa bola con chispas de chocolate estaba bastante sabrosa, sólo que mi paladar estaba preparado para algo más suave.

Tengo un dicho: "ponerle de dos salsas a tu taco no significa que te guste el chile, se llama indecisión". 

Como mencioné en el relato anterior, un horrible dolor de garganta me invadió a mi llegada al aeropuerto de París y este vino acompañado de somnolencia, por lo que mis ratos de dormir en el siguiente vuelo fueron mucho más prolongados (estuve más tiempo dormido sobre la mesa de servicio que despierto haciendo gestos con mis compañeros de fila que sabediós que idioma hablaban). Al igual que adormecido, me sentí inapetente, así que al recibir la charola con mis alimentos ni siquiera me atreví a abrirla. Es decir, quise meterla entera a mi mochila (hoy en día ni un viajero, ni cualquier persona que tenga un ligero sentido del ahorro dejaría pasar la oportunidad de tener comida gratis) pero ya no tenía espacio y no iba a abrir el paquete sólo para hurtar el queso empaquetado (el cual había probado en el vuelo anterior y resultó ser un exquisito manjar en presentación miniatura). Hasta la fecha me arrepiento de no haberlo hecho; la no muy joven sobrecargo (no sé por qué me sigo sorprendiendo de que mis expectativas del estereotipo holliwoodense no se cumplan) al recibir mi bandeja de comida todavía sellada,  y quiero decir: ¡todavía sellada! La aludida no encontró más solución que romper su sello y embutirse todos los alimentos de golpe. Eso es mentira, hubiera preferido eso, la tiro a la basura. Creo que ese fue el momento en el que la vida, junto con el hambre, volvió a mí. 

No habíamos ni aterrizado y yo ya me había impresionado con la arquitectura de Estambul, eso distrajo sólo un poco a la tripa al igual que el breve extravío de mi mochila (acepto mi culpa por despistado, pero algún personal del aeropuerto debería aceptar la suya por tenerme paseando de banda en banda buscándola). El hambre regresó con más fuerza, pero sólo para esfumarse de nuevo cuando llegué al metro y viendo el mapa me dije a mi mismo << ¡vaya! De verdad que no sé ni un poco de turco>>, fue hasta que bajé en el muelle, después de unos extraños episodios de micro sueños, que me invadieron los olores del mar, de elotes y castañas asadas y de panes (ekmek) con forma similar a las de los pretzels qué recordaría mi estado de ayuno para no olvidarlo en un buen rato. 

Después de tomar el ferri a Kadiköy la cosa no mejoró, a un lado del muelle es posible encontrar a muchos chicos vendiendo mejillones en puestos ambulantes (una mesa colgada a su cuello) y al adentrarme en las calles fui víctima de un ataque a los sentidos; el olor a carne asada directo al fuego, a especias orientales y las diversas y bien servidas presentaciones de kebbabs terminaron por hacer que sintiera el estómago cómo un chicle masticado (por cierto, llevaba cerca de media hora con la goma de mascar en la boca para, como dicen, engañar a la lombriz). Hasta la cafetería verde, la gran M amarilla y el rey de la hamburguesa (como verán nadie en el mundo se salva) parecían opciones viables. 

Después de un rato más de tortura, debido a mi falta de orientación o masoquismo inconsciente, llegué al hostal. El recibimiento fue cálido y como lo veo ahora (en ese momento se me hizo eterno) breve. Pronto escuché las palabras mágicas salidas de la boca de Firat, uno de los gerentes del hostal : "por el momento puedes ir a descansar y a comer algo, mañana comenzaremos con tu entrenamiento". No diré que salí de inmediato, primero tuve que asomarme por la ventana de mi cuarto y caer sobre una silla para darme cuenta de que ya estaba en donde quería y había planeado desde hacía tiempo. Después de eso fue como si me hubiera teletransportado, me encontré en la calle donde había cientos de opciones para escoger qué introduciría a mi organismo, fue cuando caí en cuenta de que no sabía qué era lo que quería comer. Maldita indecisión.

Cabe mencionar que Kadiköy se encuentra en la parte asiática de Estambul, digamos que el turismo no es de lo que se vive aquí, por ello son pocos los que hablan inglés, por supuesto el español está (salvo algunas pequeñas excepciones) fuera del mapa. Fue así que resultó la combinación de un muchacho mexicano hambriento, con pocas ganas de gastar mucho dinero, con muchas ganas de deleitar su paladar, sin la más mínima noción del idioma local y que a parte se "pone sus moños" (este joven prefiere como proteína animal los pescados y mariscos, evita la carne de ganado y a últimas fechas desprecia el pollo o piliç). 

Heme ahí buscando sin saber que quería encontrar, estuve más cerca de comprar unas gafas que de decidir cuál sería mi comida. Me animé a entrar a un restaurante que mostraba una gran variedad de platillos de los cuales uno podía elegir el o los que más le apetecieran, pero de nuevo, al no conocer la cultura, me hallé parado frente a una vitrina tratando de averiguar qué contenían los extraños guisos que humeaban dentro de charolas plateadas. No funcionó, la única palabra que el joven que intentó atenderme sabía en inglés era "chicken" y al parecer todo, o por lo menos todo lo que trató de venderme, tenía pollo. 

Di unas vueltas más, sin que el hambre me impidiera sorprenderme por el nuevo mundo que ahora se me presentaba, hasta que me rendí y tomé asiento en un local que lucía fotos de un platillo que asemejaba una pizza turca. Levanté mi dedo indice en la señal universal que indica una unidad, ¿de qué? De lo que fuera, sabía que si mi estómago hablará me habría dicho: "deja de payasear y elige algo". Todos sabemos cuan groseras pueden ser las tripas. 

Mi platillo no tardó en salir de un horno de piedra y menos tardaría yo en ingerirla, no sin antes sazonarlo con sal y perejil. En mi camino por terminar mi lahmacun, me pregunté qué era lo que tenía, sospeché (acertadamente) que la escasa y bien esparcida porción de ingrediente rojizo que cubría la masa plana era carne, de nuevo pude escuchar a mis intestinos, esta vez más enojados, diciendo: "ni se te ocurra hacerla de pedo", los obedecí sin mucha resistencia y acompañado de un ayran (una bebida hecha a base de yoghurt) la devoré. Por fortuna los que atendían el restaurante podían pronunciar los números en inglés, pagué la cantidad indicada y satisfecho, retomé mis laberínticos pasos. Ni hablar, claro que me pude haber ahorrado mucho tiempo y sufrimiento si de cualquier manera iba a terminar consumiendo carne de cordero, aquí hay más restaurantes de kebbabs que gente honrada en el mundo (y vaya que tengo esperanzas muy altas en la humanidad). 

En el poco tiempo que llevo fuera de casa no fue la única vez que me vi atacado por la ineficiencia que tengo para tomar decisiones, sin embargo, en el siguiente relato esta fue de mucha ayuda. Verán, al llegar al hostal después de que pasará todo lo anteriormente narrado, eché un vistazo en un calendario pegado cerca de la recepción. Resultó que el viernes de la semana en la que vivía se presentaría en un bar cercano una banda que tocaba exclusivamente covers de Pink Floyd. Al terminar de verificar la fecha en la que me encontraba ya me sentía más que anotado para asistir. Y así fue.

Después de una "barbecue" organizada por Firat en el techo del hostal, me puse en marcha al bar que acogería el evento ya mencionado, no sin antes verificar, con ayuda de la tecnología de nuestra era, cual era el camino que debía tomar, ni sin hacer una cordial invitación a todos los que me preguntaron a dónde me dirigía. Terminé yendo solo, algo a lo que no estoy muy desacostumbrado. Mi llegada al lugar que me indicaba el mapa que había memorizado fue rápida, pero verdaderamente llegar al sitio fue otra historia. Me encontré con un universo alternativo al que hasta ahora conocía de Kadiköy, el hostal que me hospeda se encuentra en una calle llena de restaurantes que tienen vida todos los día de la semana, sin embargo, la zona donde se localiza Sahna (nombre del bar de mi destino), está plagada de locales designados a la vida nocturna. Algo hermoso ante los ojos de todos aquellos quienes, como yo, prefieren la vida de noche. En fin, después de varias vueltas por aquella localidad alocada y de olvidar el mapa que había impreso en mi memoria, me disponía a regresar desanimado a dormir y reposar la garganta que aún me aquejaba (necesitaba urgentemente curarme ya que al parecer el 90 % de la población en Estambul acompaña sus días enteros con cigarrillos y yo no podía dejar de envidiar las bocanadas de humo que tragaban sus pulmones, aunque no me siento orgulloso de mi adicción) cuando me topé con una escalera que llevaba a un sótano cuyo nombre respondía al del bar que buscaba. 

Lo había encontrado. Ya me encaminaba hacía adentro cuando un hombre alto con vestimenta negra me detuvo y dijo algo que no recuerdo ni remotamente pero que desde ese mismo instante supe lo que quería decir. Tenía que pagar una cuota por mi entrada. Con una expresión parecida a un ¡oh diablos! El hombre de la entrada supo que yo no pertenecía a su país así que le indicó a una mujer que también trabajaba ahí que me explicara lo que pasaba o que me mandara vuelta a casa, pudo ser cualquiera de las dos. La dama que portaba, igual que su compañero, vestido oscuro me dijo en inglés que tenía que pagar "thirteen liras" o eso entendí, cuando saqué el dinero me señaló que la taquilla estaba arriba. De vuelta en la superficie había una pareja de personal similar a la de abajo; un hombre grande y una mujer, le entregué el dinero y al contarlo distinguí claramente su gesto de desaprobación y después de varios intentos de explicarme y de preguntar por mi procedencia natal, comprendí que el precio no era trece sino treinta. Fue ahí cuando mi indecisión crónica se hizo presente de nuevo, tenía dinero en el hostal pero no sabía si quería regresar y gastar esa cantidad para entrar a un bar a escuchar covers de la mítica banda, es decir, en México me rehusé siempre a pagar por una entrada y que ni siquiera me dieran las gracias, no sabía si estaba dispuesto a hacerlo en otro país. Me recargue a hacer cuentas en una baranda y pensar si valía la pena ir y regresar. Antes de tomar mi decisión, el staff turco me hizo saber con señas que estaba bien, que podía bajar sin pagar ni siquiera las trece liras sueltas que traía conmigo. Así es, esta vez mi lentitud para elegir una opción, lejos de acrecentar mi hambre, me permitió la entrada libre a un nuevo lugar. 

Aprendí que la indecisión es mala y puede llevar a la muerte por inanición sin embargo no es malo pensar y analizar las diferentes opciones que se presentan antes de elegir un camino. Hay situaciones que valen un tiempo de reflexión y hay otras que se toman, en argot futbolero, a bote pronto. Como decirle a la corista de la banda que hizo un excelente trabajo con la canción "The Great Gig in the Sky", que es la canción que se tocará para el vals de tú boda (en caso de que algún día te cases) y que sería fenomenal que ella lo interpretara, a menos claro que quisiera ser la protagonista del enlace. Todo esto se lo dije obviamente en español, pero estuve cerca; ella respondió con un fluido: "lo siento, no hablo español".

jueves, 21 de mayo de 2015

En vuelo

De no haber sido porque las bocinas del aeropuerto están colocadas hasta en el baño yo me hubiera tomado unos minutitos más y seguramente que no llegaba a Atlanta. Fue a partir de ese momento que perdí la noción del tiempo, sin embargo no dejé de andar a prisa en todo mi largo viaje. 

En el avión agradecí haber estado de lado del pasillo sin saber porque. Llegando al lugar de mi primera conexión maldije la organización estadounidense  la cual parecía no querer que llegara a tiempo al siguiente vuelo; moviendo filas de un lado a otro y preguntándole a los paisanos hasta el nombre de sus tatarabuelos, sin embargo al pasar la tediosa aduana los vecinos del norte me sorprendieron una vez más con la atención de su personal y las instalaciones futuristas de su base aérea. Como dicen quiénsabedonde: me callaron la boquita.

El vuelo a París ya fue otro boleto (literal y metafóricamente), de nuevo me alejaron de la ventana pero así como por su amabilidad olvidé a mi vecino de asiento en el viaje a Atlanta, jamás podré olvidar a quien fuese mi vecino en camino a Francia; un tipo güero tirando a rojo, mal encarado y de pocas palabras, me llamó la atención primero que llevaba la chamarra y el pantalón de algún equipo deportivo que no pude reconocer pero que varias otras personas llevaban puesto y segundo: su pie. Su maldito pie forrado con una bota de alpinista que cruzaba a mi lado, al lugar donde tenía que estar mi pie y no el suyo. Muchos pensarán que es intolerante de mi parte y que seguro había mucho más espacio, ¡y lo había! De su lado. 

Verán, tal vez no debí saltarme esta parte, al llegar a mi asiento una señora de edad avanzada y nacionalidad norteamericana colocaba una de sus múltiples maletas en la parte superior de mi lugar, así es, el hombre rojo no fue el primero ese día en invadir mi espacio. Lo más sorprendente es que la mujer repartió sus pertenencias por varios gabinetes del avión como si fueran huevos de pascua. Sin ganas de mentir, confieso que imaginé mis delicadas manos aplastando su cráneo, pero una vez más, me contuve y la dejé vivir.

Regresando al hombre rojo (llamarlo así resulta gracioso porque aparte de ser roja su piel, el uniforme que llevaba era también colorado), no le bastó con tomar mi espacio en el piso del avión de igual manera invadió lo que ingenuamente pensé que cedería; así es, como en el cine, el hombre se apoderó de todo el  descansabrazos. Cualquier lector con un gramo de sentido común se estará preguntando si estoy escribiendo esto desde la cárcel tras haberlo asesinado, sin embargo decidí hacer lo que las personas reprimidas (ellos se llamarán a sí mismos sensatas) habrían hecho; menté madres sabiendo que no entendería mi idioma y comencé a tratar de introducirme en la parte trasera del descansabrazos. Apenas pude colocar mi codo en la superficie de metal, me aferré a esa pequeña parte de mi territorio como se aferra un niño a un juguete que realmente no quería antes de olvidarlo. Me desesperé muy rápido, en realidad no era cómoda la posición que había ganado y que merecía por derecho así que la dejé ir, no sin antes maldecir nuevamente a mi vecino de avión ó como diría Edward Norton en El club de la pelea (Fight Club) "single serving friend" (amigo de porción individual), aunque se podría decir que en este caso sería mi enemigo de porción individual.

Es gracioso porque de verdad tuve un "single serving friend" durante el viaje, claro que no fue ese invasor de espacio personal y por supuesto que hubiera ignorado a la señora que se apoderó de la mitad de los guarda equipajes (yo también me pregunto como la dejaron subir con tantas cosas). Era una mujer probablemente de mi edad o un poco más chica, no recuerdo su nombre, ni siquiera recuerdo si se lo pregunté, aunque por lo regular es lo primero que hago. Yo no quería hablar ya que nos conocimos en una situación en la que pocos se sienten cómodos hablando (estábamos esperando en la fila del baño, por cierto, tener que esperar para entrar al baño ya es terrible, en un avión en el que esperas lo más posible para no molestar a los vecinos o simplemente para no tener que pausar la película que tardaste en elegir y que estaba llegando a su clímax es peor). En fin, la chica se me acercó (esta bien; se formó) luego me preguntó si estaba esperando el baño, solamente mi mente respondió con sarcasmo, mi cuerpo sonrió y dijo que sí, luego dijo algo que provocó su propia risa, no me sentía en el humor de preguntarle si me repetiría aquello que no entendí la primera vez así que sólo solté una risita con ella. Comenzó a causarme gracia verdadera cuando me preguntó si yo era francés, no fue la primera vez que me hicieron saber que no parecía un ciudadano estadounidense, no me importó, lo gracioso es que si de estereotipar se trata ni de lejos paso por francés tampoco. La chica se emocionó al saber que era de México pues su madre era hondureña, porque ella también sabía español claro, de ahí partimos a tener una conversación bilingüe. Fue extraña, imaginé que así hablaría con su madre quien ya se habría cansado de exigirle que en casa hablara la misma lengua del país que la vio nacer, de la misma forma ella (nuestra amiga) habría adoptado esa costumbre de mezclar palabras al intentar complacer a su madre. De todos modos, tuve que entrar al baño, salí y dije adiós.

A algunos les daría vergüenza ver películas animadas, corrección, películas animadas de princesas en un espacio donde se está expuesto a que muchas personas vean y juzguen la selección hecha, peor aún, que todos saben todas las otras opciones que había. A mí no, elegí Frozen. No vi mejor oportunidad para terminar la película que había empezado a ver la ultima vez que me trasladé en camión de un estado a otro. Y sí, la vi desde el inicio de nuevo, mientras mi vecino casi roncaba con un estreno de acción y una mujer dos filas adelante veía (desde hacía horas en mi percepción) una película de Johnny Depp que vi anunciada en el cine, yo analizaba una película que según mi hermano había cambiado el rumbo de las princesas de Disney. El chico tenía razón, es decir, esa película, junto con Maléfica, deja a un lado a los príncipes y muestra que el amor verdadero no proviene solamente de un extraño en el que la princesa en peligro vio reflejada su alma desde el primer y único momento que se miraron a los ojos, ¿quién lo diría?

La cena y una pequeña (por no decir mini) botella de vino me ayudaron a dormir un rato más, por lo regular duermo de a ratos en los aviones y este fue el segundo y último de este traslado trasatlántico. Al despertar intenté ver la película que aún no lograba terminar la mujer ya mencionada. Ella lo hizo, yo simplemente me pregunto: ¿cómo pudo? Algunos dirán que no estaba comprendiendo la trama, a mí me pareció una mala comedia para la cual no estaba en humor, tal vez sí me faltaron subtítulos (hay acentos que no comprendo en el idioma anglosajón: casi todos, entre ellos el inglés). No pasó más de media hora y un servidor ya  se encontraba mirando una película de David Fincher, enferma como me gustan aunque a diferencia de lo que las damas podrán opinar Ben Affleck no me mata.

Casi logro dormir una vez más, sin embargo, el frío, aunado a una tos que no me dejaría el resto de mis trayectos, impidió que me uniera de nuevo a Morfeo. Justo empezaba mi mente a jugarme trucos sucios pensando en la comodidad de mi casa que había rechazado y abandonado por tiempo indefinido cuando un pasajero que sí se encontraba pegado a la ventana (cabe mencionar que en este trayecto no estaba agradecido de no estar a lado de la ventana; tenía la ilusión de ver París una vez más y no sólo pisar su aeropuerto) decidió que era buen momento para dar un asomo. Las sensaciones momentáneas son las únicas sensaciones. 

No puedo describir lo que sentí al ver el amanecer porque no puedo ni recordarlo, fue casi mágica la tan orgánica reacción que los colores de un nuevo día vistos desde el aire provocaron en mí. Puedo recordar que dos días, tal vez tres (de nuevo mi desorientación temporal) antes de ese momento comentaba con mis amigos que no me gustaban los amaneceres, no por la relación que estos pudieran tener con el final de la fiesta, como lo comentó uno de mis camaradas, más bien me daban frío, con ese azul pálido y la espesa neblina que humedece el campo y a todos aquellos que después de horas hubiesen podido encontrar calor en la oscuridad. Tampoco me encantaba la idea de que con su luz dejará ver la verdad de los rostros de las cosas y las personas pero esta era una revelación agradable. La verdad tan pronta de que presenciaría eventos que no había visto jamás y que cambiaría de opinión sobre mis gustos muchas veces más. 

Y es que eso no significa que ya me gusten los amaneceres, significa que la próxima vez que salga el tema a flote diré que los amaneceres los prefiero desde las alturas. 


Así comenzó mi aventura.