jueves, 21 de mayo de 2015

En vuelo

De no haber sido porque las bocinas del aeropuerto están colocadas hasta en el baño yo me hubiera tomado unos minutitos más y seguramente que no llegaba a Atlanta. Fue a partir de ese momento que perdí la noción del tiempo, sin embargo no dejé de andar a prisa en todo mi largo viaje. 

En el avión agradecí haber estado de lado del pasillo sin saber porque. Llegando al lugar de mi primera conexión maldije la organización estadounidense  la cual parecía no querer que llegara a tiempo al siguiente vuelo; moviendo filas de un lado a otro y preguntándole a los paisanos hasta el nombre de sus tatarabuelos, sin embargo al pasar la tediosa aduana los vecinos del norte me sorprendieron una vez más con la atención de su personal y las instalaciones futuristas de su base aérea. Como dicen quiénsabedonde: me callaron la boquita.

El vuelo a París ya fue otro boleto (literal y metafóricamente), de nuevo me alejaron de la ventana pero así como por su amabilidad olvidé a mi vecino de asiento en el viaje a Atlanta, jamás podré olvidar a quien fuese mi vecino en camino a Francia; un tipo güero tirando a rojo, mal encarado y de pocas palabras, me llamó la atención primero que llevaba la chamarra y el pantalón de algún equipo deportivo que no pude reconocer pero que varias otras personas llevaban puesto y segundo: su pie. Su maldito pie forrado con una bota de alpinista que cruzaba a mi lado, al lugar donde tenía que estar mi pie y no el suyo. Muchos pensarán que es intolerante de mi parte y que seguro había mucho más espacio, ¡y lo había! De su lado. 

Verán, tal vez no debí saltarme esta parte, al llegar a mi asiento una señora de edad avanzada y nacionalidad norteamericana colocaba una de sus múltiples maletas en la parte superior de mi lugar, así es, el hombre rojo no fue el primero ese día en invadir mi espacio. Lo más sorprendente es que la mujer repartió sus pertenencias por varios gabinetes del avión como si fueran huevos de pascua. Sin ganas de mentir, confieso que imaginé mis delicadas manos aplastando su cráneo, pero una vez más, me contuve y la dejé vivir.

Regresando al hombre rojo (llamarlo así resulta gracioso porque aparte de ser roja su piel, el uniforme que llevaba era también colorado), no le bastó con tomar mi espacio en el piso del avión de igual manera invadió lo que ingenuamente pensé que cedería; así es, como en el cine, el hombre se apoderó de todo el  descansabrazos. Cualquier lector con un gramo de sentido común se estará preguntando si estoy escribiendo esto desde la cárcel tras haberlo asesinado, sin embargo decidí hacer lo que las personas reprimidas (ellos se llamarán a sí mismos sensatas) habrían hecho; menté madres sabiendo que no entendería mi idioma y comencé a tratar de introducirme en la parte trasera del descansabrazos. Apenas pude colocar mi codo en la superficie de metal, me aferré a esa pequeña parte de mi territorio como se aferra un niño a un juguete que realmente no quería antes de olvidarlo. Me desesperé muy rápido, en realidad no era cómoda la posición que había ganado y que merecía por derecho así que la dejé ir, no sin antes maldecir nuevamente a mi vecino de avión ó como diría Edward Norton en El club de la pelea (Fight Club) "single serving friend" (amigo de porción individual), aunque se podría decir que en este caso sería mi enemigo de porción individual.

Es gracioso porque de verdad tuve un "single serving friend" durante el viaje, claro que no fue ese invasor de espacio personal y por supuesto que hubiera ignorado a la señora que se apoderó de la mitad de los guarda equipajes (yo también me pregunto como la dejaron subir con tantas cosas). Era una mujer probablemente de mi edad o un poco más chica, no recuerdo su nombre, ni siquiera recuerdo si se lo pregunté, aunque por lo regular es lo primero que hago. Yo no quería hablar ya que nos conocimos en una situación en la que pocos se sienten cómodos hablando (estábamos esperando en la fila del baño, por cierto, tener que esperar para entrar al baño ya es terrible, en un avión en el que esperas lo más posible para no molestar a los vecinos o simplemente para no tener que pausar la película que tardaste en elegir y que estaba llegando a su clímax es peor). En fin, la chica se me acercó (esta bien; se formó) luego me preguntó si estaba esperando el baño, solamente mi mente respondió con sarcasmo, mi cuerpo sonrió y dijo que sí, luego dijo algo que provocó su propia risa, no me sentía en el humor de preguntarle si me repetiría aquello que no entendí la primera vez así que sólo solté una risita con ella. Comenzó a causarme gracia verdadera cuando me preguntó si yo era francés, no fue la primera vez que me hicieron saber que no parecía un ciudadano estadounidense, no me importó, lo gracioso es que si de estereotipar se trata ni de lejos paso por francés tampoco. La chica se emocionó al saber que era de México pues su madre era hondureña, porque ella también sabía español claro, de ahí partimos a tener una conversación bilingüe. Fue extraña, imaginé que así hablaría con su madre quien ya se habría cansado de exigirle que en casa hablara la misma lengua del país que la vio nacer, de la misma forma ella (nuestra amiga) habría adoptado esa costumbre de mezclar palabras al intentar complacer a su madre. De todos modos, tuve que entrar al baño, salí y dije adiós.

A algunos les daría vergüenza ver películas animadas, corrección, películas animadas de princesas en un espacio donde se está expuesto a que muchas personas vean y juzguen la selección hecha, peor aún, que todos saben todas las otras opciones que había. A mí no, elegí Frozen. No vi mejor oportunidad para terminar la película que había empezado a ver la ultima vez que me trasladé en camión de un estado a otro. Y sí, la vi desde el inicio de nuevo, mientras mi vecino casi roncaba con un estreno de acción y una mujer dos filas adelante veía (desde hacía horas en mi percepción) una película de Johnny Depp que vi anunciada en el cine, yo analizaba una película que según mi hermano había cambiado el rumbo de las princesas de Disney. El chico tenía razón, es decir, esa película, junto con Maléfica, deja a un lado a los príncipes y muestra que el amor verdadero no proviene solamente de un extraño en el que la princesa en peligro vio reflejada su alma desde el primer y único momento que se miraron a los ojos, ¿quién lo diría?

La cena y una pequeña (por no decir mini) botella de vino me ayudaron a dormir un rato más, por lo regular duermo de a ratos en los aviones y este fue el segundo y último de este traslado trasatlántico. Al despertar intenté ver la película que aún no lograba terminar la mujer ya mencionada. Ella lo hizo, yo simplemente me pregunto: ¿cómo pudo? Algunos dirán que no estaba comprendiendo la trama, a mí me pareció una mala comedia para la cual no estaba en humor, tal vez sí me faltaron subtítulos (hay acentos que no comprendo en el idioma anglosajón: casi todos, entre ellos el inglés). No pasó más de media hora y un servidor ya  se encontraba mirando una película de David Fincher, enferma como me gustan aunque a diferencia de lo que las damas podrán opinar Ben Affleck no me mata.

Casi logro dormir una vez más, sin embargo, el frío, aunado a una tos que no me dejaría el resto de mis trayectos, impidió que me uniera de nuevo a Morfeo. Justo empezaba mi mente a jugarme trucos sucios pensando en la comodidad de mi casa que había rechazado y abandonado por tiempo indefinido cuando un pasajero que sí se encontraba pegado a la ventana (cabe mencionar que en este trayecto no estaba agradecido de no estar a lado de la ventana; tenía la ilusión de ver París una vez más y no sólo pisar su aeropuerto) decidió que era buen momento para dar un asomo. Las sensaciones momentáneas son las únicas sensaciones. 

No puedo describir lo que sentí al ver el amanecer porque no puedo ni recordarlo, fue casi mágica la tan orgánica reacción que los colores de un nuevo día vistos desde el aire provocaron en mí. Puedo recordar que dos días, tal vez tres (de nuevo mi desorientación temporal) antes de ese momento comentaba con mis amigos que no me gustaban los amaneceres, no por la relación que estos pudieran tener con el final de la fiesta, como lo comentó uno de mis camaradas, más bien me daban frío, con ese azul pálido y la espesa neblina que humedece el campo y a todos aquellos que después de horas hubiesen podido encontrar calor en la oscuridad. Tampoco me encantaba la idea de que con su luz dejará ver la verdad de los rostros de las cosas y las personas pero esta era una revelación agradable. La verdad tan pronta de que presenciaría eventos que no había visto jamás y que cambiaría de opinión sobre mis gustos muchas veces más. 

Y es que eso no significa que ya me gusten los amaneceres, significa que la próxima vez que salga el tema a flote diré que los amaneceres los prefiero desde las alturas. 


Así comenzó mi aventura. 

1 comentario:

  1. ¡Te pedí que me avisaras de tu blog! ¿No te das cuenta de que me moriré de aburrimiento si sigo encerrada en una oficina de 9 a 3 y de 5 a 7 sin saber qué está pasando en el mundo? Nota: Jonathan Harker, pequeño, eras todo un Harker.

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