domingo, 21 de junio de 2015

Día del padre

Antes de dejar mi casa, mi padre se preguntaba qué era lo que había hecho mal. Dónde estaba su error, por qué su hijo se marchaba al otro lado del planeta sin acabar la escuela y casi sin despedirse. Me hizo la misma pregunta que se hacía a sí mismo y no supe que responder, pero creo que ahora lo sé.

La culpa es suya. Por no querer comprarme una consola de videojuego. En su lugar me daba juguetes para que yo inventara historias una y otra vez alimentando mi imaginación y mis sueños. Él es el responsable de que yo haya aprendido a soñar despierto y a soñar siempre. Él fue el causante. Impidiéndome dormir temprano por las noches, siempre mintiendo; inventando cuentos fantásticos de príncipes y brujas. Obligándome a pintar sus palabras en mi mente y luego a recordarlas y luego a crearlas. ¡Falsificador! Re-inventando a D´Artagnan y dándole los giros más sorprendentes a historias clásicas para que fuesen interminables, haciéndome saber que la fantasía no tiene límite.

¿Inocente? Si fue él quien me dejaría hablar de niño, dándome a notar que podía expresar lo que pensaba y que si tenía una duda siempre habría alguien para responder, y que era mejor que suponer. ¿De quién hubieran surgido mis ganas de viajar? Ese hombre nunca titubeó cuando yo me subía en el asiento de copiloto, nunca dejó de llevarme a tierras lejanas de casa para maravillarme siempre de un mundo nuevo cuando yo creía que no había mucho más por ver, oler o saborear. Ahí estaba, enseñándome que el territorio se conquista con amistad y que no hay un lugar en el que no podamos tener amigos.

Fue mi padre quien me abrochó los patines (protagonistas en la mayoría de mis cicatrices), quien me subió a la bicicleta, quien me arrojara a la piscina. Logró que aprendiera que para seguir patinando había que levantarse de las caídas, que el ingenio y las ganas pueden superar un manubrio alto y que para salir del agua hay que saber nadar. Me dejó saber que la sorpresa siempre supera a la planificación, que podía ser mago, futbolista o estrella de rock y que las limitaciones para esto no las pondría nadie más que yo. 

Falló. Me hizo echarme al mundo encima sólo para proteger a mi hermano, haciendo que encontrara en él el único apoyo incondicional. Y decía que estar lejos no significaba que tuviéramos que estar alejados, y yo aprendí que estar juntos tampoco es estar unidos. Y que nos une más compartir una cocina que compartir el apellido, o el nombre. 

No me dio todo lo que un niño necesita para crecer, me dio todo lo que necesitaba para volar. Por esto y todo lo anterior, a mi padre se le declara… ¡culpable! Gracias papá.






sábado, 20 de junio de 2015

¿Cuántas veces puede un pez volver al mar?

Para comenzar este escrito es preciso relatar primero cómo llegué al lugar en el que me encuentro en este, mi segundo autorretrato.

Dormí toda la mañana después de haber laborado durante el turno nocturno. Casi logró quitarme el sueño no saber sí había hecho correctamente la conversión de liras turcas a euros tras recibir la llamada de un posible cliente. Pero no lo hizo, entonces, ya desayunado (bien podría llamarse cena matutina) me fui a la cama para no despertar hasta cerca de las tres de la tarde.

Subí a la terraza para fumar un cigarro. No suelo fumar en ayuno, pero de nuevo, es difícil hablar de horas de alimentación cuando los horarios de dormir se invierten; la mitad del día es la mañana, nos decimos dulces sueños cuando el sol comienza a dar calor y la madrugada resulta buen momento para comenzar una fiesta. Igual no fumé nada. Me encontré a Fikriye.

Fikriye es una de las dos mujeres que se encargan del aseo por estos rumbos, ella siempre bromea conmigo y sus chascarrillos suelen causarme mucha gracia, aunque nunca los comprendo. Como sea, me invitó a servirme un tazón de sopa o çorba hecha a base de yogur y arroz. Era un platillo que antes había probado, un poco ácido, pero nada que una pizca de sal y un estómago agradecido no arreglaran. Al terminar, también me convido de su pasta con pimientos y una ligera embarrada de salsa de tomate. Me levanté para lavar mi plato y después de un sincero "teşekkür ederim (gracias)" dejé que la conversación turca que se llevaba a cabo en la mesa en la que había comido siguiera su curso.

Salí y me dirigí a Moda Park, un bonito parque a la orilla del mar, con la única intención de acabar el interminable libro que leía en ese momento. Llegué, no sin antes hacer una escala en el súper mercado para comprar un paquete de galletas y una diminuta leche con chocolate, los cuales fungirían como mi postre. En fin, no terminé el libro, de verdad que me cuesta trabajo concentrarme en lecturas no novelescas. Sin intenciones de excusarme, he de decir que la gata entre las rocas que cuidaba a sus crías de cualquier posible amenaza como gaviotas y otros de su misma especie así como el pequeño que se acercó y me dedicó un par de dulces expresiones que no entendí, no hicieron más fácil la tarea que yo mismo me había encomendado para la tarde.

Después de finiquitar un capítulo (de dos que hacían falta para terminar el libro), me decidí a tomar un paseo a la orilla del mar que me encaminaría de regreso al hostal y tal vez me permitiría presenciar el ocaso. Los atardeceres en Estambul son un largo espectáculo anaranjado que desde ciertos puntos específicos de Kadiköy dibujan una perfecta silueta de las diferentes mezquitas y estructuras arquitectónicas del lado europeo, entre ellas Sultanahmet (la mezquita azul) y Ayasofya (Santa Sofía). Sin embargo, lograr ver el sol despidiéndose ha sido todo un reto para mí, puesto que mi disposición para ello comienza a las siete y media de la tarde y la luz no termina de irse sino hasta pasadas las nueve. Dos horas compartiendo risas con amigos pueden pasar volando, pero cuando hay que esperar algo solo y sólo enfocando la atención en ello, el tiempo puede ser un ente tortuoso. Por lo tanto, nunca he logrado ver la película completa, siempre algo distrae mi atención minutos antes y en esta ocasión no hubo excepción.

Aún era temprano y tras mi andar, ya había cambiado la perspectiva de mi horizonte para llegar a la previamente relatada. Dí con un fuerte de concreto bardeado con contacto directo al mar, donde hombres de diversas edades y profesiones acuden para dar fin a su día laboral con un rato de pesca. Tomé asiento a la lejanía para observarlos. Me sentí intrigado al percatarme de que el hilo de la caña de la mayoría salían del agua con más de un pescado. Al mismo tiempo, los anzuelos del chico más cercano a mi banca salían siempre como habían entrado.

A la distancia noté la llegada de un hombre que dejo caer un contenedor de plástico con una soga atada al mar, la llenó de agua y se dirigió al sitio donde yo me encontraba. Alistó sus instrumentos y vi como ataba a su anzuelo principal un hilo delgado del cual pendían más anzuelos, misterio resuelto. 

Aquello que daría el peso al anzuelo principal se desprendió tras el primer lanzamiento. Mentiría si negara que creí ser el causante de la mala suerte, o por lo menos que el señor lo habría pensado; dicen por ahí que los amantes del mar son fieles creyentes de los mitos y la superstición. Después de unas maldiciones turcas y de recibir lo que supuse fueron burlas de los otros pescadores, mi compañero ató un nuevo dispositivo a su hilo y lo lanzó al océano. No pasó mucho tiempo para dar tranquilidad a mi consciencia; al regresar los múltiples anzuelos, el pescador y un servidor presenciamos la salida de tres pequeños peces, los cuales fueron a dar todavía vivos al bote de plástico con agua. ¡Tomen eso zoquetes burlones! Así se repitió algunas veces con variados resultados (en cuanto a la cantidad de criaturas marinas que se dejaban atrapar), fue en una tanda que diera cuatro pecesitos que el señor dejaría caer tres dentro de su balde y a uno lo regresaría a su hogar. Pensé que sería el tamaño de este la razón por la cual lo dejaría en libertad, pero aquel con la caña volvería a hacer lo mismo en diferentes ocasiones sin que yo pudiese notar una diferencia entre aquellos que recibían el perdón y los condenados a dejar su hábitat. Y fue cuando surgió mi pregunta: ¿cuántas veces puede un pez volver al mar?

Seguro que aquel pececillo que fue regresado al agua por la misma mano que llevó a cabo su captura se sabía pez frito, o a la plancha. El método de cocción no importa, el pez dejó de serlo para convertirse en pescado, no era más una criatura que aleteaba en el agua, ahora sería servido en la cena dentro de un pan para deleite de aquel con antojo de balık ekmek (un sandwich de pescado). Pobre, no le hacía falta recibir un tiro de gracia, al sentir el aire estando atado a un gancho de metal por la boca, probablemente ya no veía vida por delante. ¿Y quién podría agendar una cita para el miércoles mientras cae en martes de un octavo piso? 

Para sopresa de todos (principalmente la suya), ese día no sería la ocasión en que nuestro amigo sería masticado por una boca con aliento a rakı. Fueron necesarias dos manos, un hilo y una caña de pescar para matarle, pero regresarle a la vida fue trabajo de una porta guantes solitaria. Seguro que no retornaría al agua de la misma manera en la que se había ido. De entrada, luciría ahora la cicatriz que dejó ese objeto brillante que mordiera antes de su partida al "otro mundo". Por otra parte, de verdad que había resucitado, ni el pescador lo consideraba vivo antes de verlo. Dentro de su cardumen los que lo conocieron ya se quitaban el sombrero y no faltaría un Santo Tomás que pretendiera meter la aleta dentro de su boca al verlo de vuelta. Era el pez pescado, ahora una leyenda.


¿Volvería el pez a tentar su suerte ó habría aprendido la lección? Tal vez ese sentimiento de morir y renacer (el cual debe ser genial)  lo dejaría con ganas de jugársela una y otra vez hasta ser insertado en un balde previo a la olla o ser despojado de sus vísceras sin haber detenido siquiera sus coletazos de desesperación. Un trágico final para alguien que ya se había salvado, pero en fin, ¿quién vive más: aquel que tuvo una vida larga y próspera ó este que vivió más de una?

viernes, 5 de junio de 2015

Obsesiones

Hay una pregunta que se me ha hecho en varias ocasiones desde que estoy en Estambul: ¿qué es lo que llevas en tu mochila? Ésta (la cuestión) usualmente viene acompañada de otra: ¿por qué nunca la dejas? La respuesta a ambas siempre varía, para empezar: no me gusta cargar con cosas en los bolsos del pantalón y no soporto la idea de abrocharme a la cintura un suéter previendo el caso de que haga frío después de haber presenciado el día más soleado. Vale la pena recalcar también la gran mentira de los diccionarios al llamarse a sí mismos en la portada como objetos de bolsillo. Para mí, los artículos de bolsillo se reducen a monedas y un encendedor (çakmak, una de las palabras que pueden salvar vidas y uñas en Turquía). Aunemos a esto mi continuo intento por formar colecciones de cuanta tontería se me atraviese y mi visionaria capacidad para imaginar circunstancias en las que me surge la necesidad de usar cosas halladas en la calle (una corcholata para llevar a cabo un cirugía a un limón por ejemplo). Así, me he dado cuenta que la verdad es que no es tanto lo que lleve y no es que no pueda dejarla en otro lugar, si no que nunca sé con qué me voy a encontrar y voy a querer cargar en la bolsa que llevo todo el tiempo cargando en mi espalda. Es algo casi obsesivo.   

Nunca se sabe que tan obsesivo se puede llegar a ser hasta que una idea se clava en la mente.

 Después de intentar comprender el sistema de trabajo en el hostal y de cubrir un par de turnos, decidí que era el momento para echar un vistazo a la parte europea de la ciudad y en ella, a uno de los sitios más visitados: el museo de arqueología. Al ser mi estancia en Estambul mucho más larga que la del turista promedio opté por llevar las cosas con calma y tomar el tiempo necesario para conocer cada una, de las muchas, atracciones que hay por visitar en la ciudad turca. Ese día realicé  mi primer "check-out" asistido por Arsen, otro de los gerentes de Hush Moda hostel y me hice de una tarjeta para viajar más barato en el ferri, el metrobus y el metro. Sí, me vi como el oportunista que soy y la compré más barata al cliente que estaba abandonando el hostal. 

Tras preparar mi mochila y revisar que la carga de mi cámara fuera la óptima me puse en marcha al recinto que forma parte del palacio de Topkapi. Es importante mencionar que provengo de la ciudad con más museos en el mundo, sin embargo, esto no impidió que me sorprendiera con la basta cantidad de lugares que exhiben tras vitrinas objetos antiguos, históricos y artísticos en la ciudad de la que ahora me siento parte.

Al llegar a la taquilla intenté hacer uso del poco idioma local que he aprendido, por tanto le dije a la señorita que me atendía que quería "bir bilet". A lo que ella respondió con algo similar a "hsgdbciendn", por lo cual, con una gran sonrisa reiteré: "bir bilet". Con el mismo gesto de felicidad que le hice yo en un inicio, me daría mi boleto (si no se enteró de que yo no era su compatriota seguro que por lo menos dudó de mis facultades mentales). Pronto me encontré hojeando un mapa en el patio principal del museo, acordé con mí mismo que visitaría los diferentes edificios y salas en el orden en que se encontraran con mi andar. Fue así como llegue a la sala que alberga la roca de la cual trata esta historia de obsesión.

Entré y lo primero que vi fue un módulo de vigilancia que tenía un monitor donde pude notar que a diferencia del hostal, cuya pantalla se divide para mostrar las imágenes que envían las cámaras de los diversos pisos, esta sólo emitía una. La miré con poca importancia ya que no sabía cuán necesario sería mi análisis de la misma después. Comencé el recorrido por la sala de exposición y tras mirar unas cuantas esculturas de cabezas miniatura talladas en piedra, la vi.

Estaba ahí como esperando por mí. Una losa con inscripción que databa del segundo siglo del año de nuestro señor, o bueno, eso decía la descripción. He de aceptar que en el momento no supe de lo que estaba hecha, sólo sabía que estaba ahí y que llevaba ahí quién sabe cuánto tiempo sin poder ser tan admirada por alguien como yo lo hacía en ese momento. No eran tanto los relieves de cabezas de toro y de enredaderas con frutos, era el mismo material que me provocaba esta sensación. Una sensación de, ¿cómo explicarlo? De querer sentirla, de abrazarla, de querer ser ella, de pasear lentamente mis dedos tanto por sus tallados preciosos como por sus grietas causadas por la erosión natural que sufren todas las rocas e impregnarme con su polvo. La miraba y miraba a mí alrededor sin poder creer que nadie se estaba volviendo tan loco como un servidor al apreciar esa roca probablemente más antigua que la misma humanidad. 

Busqué por todos lados un letrero que me prohibiera llevar a cabo mis deseos. Solamente encontré uno que decía en turco y en inglés que no estaba permitido tomar fotos con flash, sin embargo no me atreví a complacer mis impulsos. Intuí que estaba implícita la anulación de cualquier contacto físico con los objetos exhibidos, resultaba también contradictorio el hecho de observar otras antigüedades tras vitrinas. ¿Por qué irían a dejar algunas cosas libres y otras encerradas en cajas de cristal? ¿Sería porque aquellas sin enjaular tenían permitido el contacto humano así como lo tenían con el aire? ¿Preguntar a un guardia? Ni loco, si algo he aprendido es que de cuestionar a una autoridad y recibir una respuesta negativa sólo lograría atraer el foco de atención, anulando así cualquier posibilidad, si es que la tenía, de llevar a cabo mis planes. Igual no me permití sentir la roca, no tenía ganas de jugar al "good cop, bad cop (policía bueno, policía malo)" en un idioma desconocido sin poder enterarme siquiera de quién era el bueno y quién el malo.

Continué mi visita por el museo de las obras de antiguo oriente puesto que sólo había logrado alborotar mi cabello a la entrada de la sala ya mencionada. Durante todo mi recorrido por este, el primer edificio de todo el museo de arqueología, me fue inevitable recordar a cada paso que daba mi hermosa losa. Claro que no me impedí a mí mismo maravillarme con varias de las siguientes piezas expuestas. Aunque al final sólo lograban recordarme, como le pasa a los románticos, a mi primer amor. 

Fue esperando a que un grupo de turistas, de esos que toman fotos a todo lo que se encuentran, pieza por pieza, que noté que descansaba mi brazo encima de una escultura de cierto mineral. !Había logrado tener contacto con un objeto dispuesto para exposición sin darme cuenta! Nadie había dicho nada, nadie lo había notado. Advertí que fue la falta de espontaneidad aquello que me impidiera cumplir mi capricho. Así sucede con todo, es como pedir un beso; significa perder el momento, la atmósfera y con ello, la oportunidad. Pero este muchachito no se rinde así de fácil, si ya había logrado postrar mi mano sobre algo que tenía poco interés en mi persona, mi tacto tenía que experimentar con la piedra anhelada. 

Procedí a llevar a cabo mi plan, no debía pensar demasiado las cosas, sólo por aquello de las dudas primero habría que verificar que no hubiera ningún guardia cerca. No lo había, el mundo se detuvo, extendí mi dedo índice (E.T. llama a casa) y con la yema de este, pude sentir esa fría piedra que sólo dios sabe cuánto tiempo llevaba sin ser tocada. Fue, como diría Lord Henry en El retrato de Dorian Gray refiriéndose a los cigarrillos, el modelo del perfecto placer; fue exquisito y me dejó insatisfecho. Me sentí como un niño travieso, no podía quedarme así, debía ser por lo menos un adulto travieso. Volví al contacto pero ahora mi dedo recorrió toda la parte lateral con un zigzagueo para poder percibir como es debido las grietas y protuberancias del material desconocido. Lo hice una vez más, ahora el recorrido se llevó a cabo entre los cincelados dibujos de, como decía la etiqueta de la descripción, la flora y la fauna. Fue glorioso.

No pude evitar salir de ahí con una curva dibujada en mis labios, de la misma manera no pude hacer nada para dejar de sentir que necesitaba más. ¿Qué más podía hacer? ¿Llevármela en la mochila? Claro que lo pensé, pero estaba muy seguro de que a pesar de que tampoco había un letrero que indicara que esta acción estaba prohibida, no era la mejor idea. Y de cualquier manera ¿qué haría? ¿Cargarla? Seguro que pesaba más que los zapatos de plataforma de la Señorita Pie Grande. Mientras fumaba un cigarrillo (así es, por fin podía fumar) repasaba y repasaba lo acontecido y me preguntaba qué más podría hacer para salir de aquella casa de cultura e historia completamente satisfecho. De pronto esta nueva y loca idea se me atravesó; debía probar la roca, saborearla, lamerla.

No culparía a nadie por dudar de mi salud mental, yo mismo dudé de ella. Era un hecho, mi lengua tenía que tocar esa escultura tan antigua para que pudiera escuchar la gran orquesta de la satisfacción en mi cabeza al salir de ahí. No podía ir inmediatamente, tenía primero que terminar la misión por la cual originalmente había ido (claro, uno no sale de la cama pensando que va a darle un lengüetazo a la primera piedra que se encuentre): admirar todos los objetos exhibidos en el museo. Así, me paseé por el edificio principal que constaba de tres pisos e innumerables objetos por ver y carteles que leer. Cómo imaginaría cualquiera, no pasó un minuto sin que está obsesiva cabecita dejara de pensar en el sabor a mineral antiguo. De vez en vez me distraía con cosas sumamente interesantes y tratando de averiguar en dónde estaba el sarcófago de Alejandro Magno, cuya fotografía se podía ver en el mapa a pesar de que este no señalaba en donde podría encontrarse.

Terminé de recorrer el edificio completamente exhausto. Verán, una de las más grandes ventajas de viajar solo es que puedes ir al ritmo que te plazca, detenerte a admirar cada escultura, cada mosaico, columna, vasija siria, cuchillo mesopotámico o mapa sin que nadie vaya detrás de ti diciéndote que es hora de beber, de comer o que simplemente ya se aburrió. Por ello, tomé el tiempo que quise para leer las explicaciones que más me llamaban la atención, razón por la cual yo estaba cansado y más ansioso aún por hacer lo que ya todos sabemos quería hacer.

Una mentadita previa a la gloria

Este relato merece un corto subtítulo para que el lector pueda entretenerse un poco y distraerse de mi enfermedad psíquica. Al terminar mi visita por el museo principal noté que había una señora tomando aire en un balcón en el tercer piso. Había una guardia detrás de ella y un listón que impedía la salida a dicha terraza. Una extraña combinación; una mujer haciendo algo que aparentemente estaba prohibido, más la persona que supuestamente debería detenerla casi compartiendo la vista con ella, más un obstáculo físico en mi camino, más un jardín espectacular que se podía ver tras un ligero asomo. Supongo que son pocos aquellos que aún no imaginan lo que pasó después; por supuesto, me adherí a la ecuación. Burlé por debajo la cinta protectora y eché un vistazo al jardín, de verdad que era bonito, estaba compuesto por muchísimas plantas que se enredaban alrededor de lo que parecían ser ruinas y habitado por una extensa población de gatos. No alcanzaba todavía ni a sacar mi cámara cuando la guardia que se había hecho de la vista gorda con la señora ya me estaba diciendo que no podía estar ahí, no recuerdo ni la lengua en la que me lo hizo saber. Como fuese, logró su cometido. Salí de ahí algo decepcionado, la turista le agradeció en inglés a la Señora Seguridad (ni siquiera eran amigas, la uniformada decidió hacer una excepción y esta no fui yo). La guardia pronto se fue y yo me quedé con ganas de saber cómo se podía acceder a ese lugar o al menos su nombre para averiguar lo primero después. No encontré a nadie como para pedir esta información, por tanto comencé a bajar con la certeza de que hallaría a alguien en mi camino que me ayudará a informarme y así fue, o mejor dicho: así pareció. 

En el segundo piso mi mirada se encontró con un guardia de edad avanzada descansando en una silla. Me propuse cuestionarle a él, me acerqué y ya podía distinguir su rostro poco amigable, con toda amabilidad le dije: "English?" para saber si entendería lo que estaba por preguntarle antes de llegar a invadirlo con un lenguaje desconocido. No sé qué me dijo pero su oración terminó con un descortés "what?" como más bien diciendo: ¿qué chingados quieres? Ni mi ánimo, ni mi amabilidad se disminuyeron, aunque fuera gruñón le iba a exprimir la respuesta a mis dudas. Dije: "name", señalando el jardín que me causaba intriga. Después de una sesión de gestos, palabras en turco y repetir la palabra "nombre" en inglés como previamente había hecho yo, el tipo dio su respuesta final: "garden". ¿Garden? ¡¿Garden?! Esto sí que me enfureció, era un hecho que eso de afuera era un jardín, si bien no necesitaba la traducción en turco de la palabra jardín, menos necesitaba que un hombrecito enojado me la hiciera al inglés, idioma que por seguro manejo mejor que él. "¿Garden?" dije en voz alta y ahora con una cara seguramente similar a la suya. Este repitió la palabra ya varias veces reiterada.

No lo pude evitar, le dediqué una gran mentada de madre a la mexicana y unas cuantas a la española sabiendo que entendería que no estaba feliz con su respuesta por el tono en el que pronuncié las palabras (que no repetiré en este relato), pero con la certeza también de que no comprendería la gravedad con la cual estaba siendo insultado, él, sus padres y hasta sus antepasados. "Garden", que listo se sintió, un chico pregunta si sabes hablar en inglés y le terminas dando tú una lección. <<Heee, si, esteee, disculpe señor. Me preguntaba si usted, esteeee, sí, si usted, ehmmmm, si usted sabría cómo se le llama a ese lugar que tiene muchas plantas señor.>> Bendita indignación, después de ese episodio pude tragar mi rabia con un fuerte ataque de risa. Estaba seguro de que él me había insultado a mí también, qué simpático, probablemente nos dijimos a la cara hasta de lo que nos íbamos a morir y al no entendernos decidimos cada quien seguir con nuestro camino, como debería pasar después de cualquier agresión verbal.

Ya terminado este no muy corto paréntesis es necesario proseguir con la historia principal de esta entrada. Así, a mi salida del edificio principal y después enterarme de que la zona en la que se encuentra el sarcófago de Alejandro Magno se encontraba cerrada por reparación (sí, me decepcione un poco, pero no olvidemos que mi mente estaba poseída por un pensamiento), me encamine al kiosco de los azulejos, mi última parada antes de lo que ya todos sabemos iba a hacer. Dentro de este lugar había muchas vasijas y platos adornados con diminutas y muy bonitas piezas de azulejo, así como mosaicos del mismo material adornando algunas paredes. El agotamiento no impidió mi fascinación, pero sí logró hacer que mi visita fuera más breve.

Era hora, mi corazón hubiera reventado los tímpanos de cualquier cardiólogo que se hubiese aventurado a escucharlo con un estetoscopio en ese momento. No diré que fui directo al grano (llámese a la roca para la ocasión), la verdad es que titubeé; pude verme en los noticieros mexicanos con el titular: "Mexicano en Turquía intenta comer losa tallada de un museo de Estambul". Todos sabemos la vergüenza nacional que acontecimientos como estos pueden provocar. Digo, no lo compararía con apagar el fuego olímpico con una meada, pero tampoco haría uso del famoso: "mamá estoy en la televisión", mientras se transmitiera por cadena nacional mi deportación. 

Tomé valor, sabía que me arrepentiría si no salía de ahí sabiendo cual era el sabor del monumento que tanto había causado en mi ser. Entré al edificio y de nuevo vi el monitor, noté cómo cambiaba, ¡las imágenes que transmitían las cámaras estaban continuamente cambiando! Y yo ni siquiera me había detenido a mirar en dónde estaban colocadas. Supe que era una ruleta rusa, me adentré y en breve estuve parado frente a la escultura proveniente de Yemen. Cambié mi posición a lateral respecto a mi tan querida roca al advertir la ubicación de la video transmisora. Tuve miedo, intente tocarla una vez más y llevar el dedo a mi boca, en ese mismo instante me di cuenta de que no sería lo mismo, mi lengua tenía que tener contacto directo con la tan mencionada. Acerque mi rostro, podía oler su aroma a nada, mi nariz avisó que ya estaba en posición de alcanzarla con el músculo de la boca. Entonces, saqué la lengua y con la punta probé y sentí mi amado pedazo de losa.

¿A qué sabía? A lo que sabe la victoria, a lo que sabe alcanzar un objetivo. Con esto quiero decir, evidentemente, que la antigüedad no tenía ningún sabor particular, sin embargo, poder liberarse de una obsesión siempre significa quitarse un gigantesco peso de encima. Es como tener un nombre, como se dice popularmente, en la punta de la lengua y no terminar de recordarlo. Traerlo de nuevo a la memoria es un gran alivio por más que no sirva de nada saberlo o por más que sea mucho más fácil recurrir a internet para buscarlo. 

Una obsesión es un peso, bien dijo Milan Kundera que el peso es lo que nos mantiene en este plano terrenal. Es inevitable tener que cargar con algo, ya sea en una mochila multicolor o en la conciencia, no obstante, siempre es mejor viajar ligero. Es una importante cualidad poder desprenderse de aquello que realmente no necesitamos y las ideas obsesivas usualmente entran dentro de este último grupo, suelen lastimarnos e inquietarnos cada vez que recurrimos a ellas. Es por eso que uno debe evitar hacer o dejar de hacer algo con lo que luego se pueda obsesionar. Sin embargo, resulta una elección muy al azar. Nunca se sabe si una decisión nos va a llevar a conocer algo bueno o si será nuestra última elección, si nos va a dejar siendo mejores personas o si nos iremos igual a como llegamos. Somos una partida de dados, lo mejor que podemos intentar hacer, y para esto cito al hombre que más respeto (mi papá), es: "no romper algo que no se pueda volver a pegar". 


Por cierto, el nombre del material de la losa es alabastro y cualquiera que justifique mi obsesión y mi comportamiento alegando que la piedra puede llegar a causar adicción será recompensado.

Dejaré por aquí mi primer autorretrato. Los más modernos pueden llamarlo "selfie".