jueves, 28 de mayo de 2015

Introducciones breves y largas indecisiones

Salvo por la escasa (dígase nula) existencia de vendedores en el transporte público, mi primera impresión de Turquía fue que no es tan diferente a México. Bien, las revoluciones de la vida cotidiana son más lentas por aquí pero, al igual que los paisanos, los autos no respetan a los peatones y los peatones se sienten invencibles, prefieren cruzar cuando parece una buena oportunidad y no cuando el monigote de luz verde lo indica. Las motocicletas están hechas de goma aquí también al igual que sus conductores; entran en andadores peatonales, desafían a los camiones y no tienen ningún reparo en marchar a contra flujo. Toda hora es buena para tomar té o çai y mi madre se volvería loca con la cantidad de vitrinas que exhiben pastelillos y postres. Ni siquiera yo me resistí, aunque como de costumbre, mi indecisión me llevó a pedir uno de los que supongo formaba parte de la peor selección de bocadillos dulces. Espero no ser mal interpretado, esa bola con chispas de chocolate estaba bastante sabrosa, sólo que mi paladar estaba preparado para algo más suave.

Tengo un dicho: "ponerle de dos salsas a tu taco no significa que te guste el chile, se llama indecisión". 

Como mencioné en el relato anterior, un horrible dolor de garganta me invadió a mi llegada al aeropuerto de París y este vino acompañado de somnolencia, por lo que mis ratos de dormir en el siguiente vuelo fueron mucho más prolongados (estuve más tiempo dormido sobre la mesa de servicio que despierto haciendo gestos con mis compañeros de fila que sabediós que idioma hablaban). Al igual que adormecido, me sentí inapetente, así que al recibir la charola con mis alimentos ni siquiera me atreví a abrirla. Es decir, quise meterla entera a mi mochila (hoy en día ni un viajero, ni cualquier persona que tenga un ligero sentido del ahorro dejaría pasar la oportunidad de tener comida gratis) pero ya no tenía espacio y no iba a abrir el paquete sólo para hurtar el queso empaquetado (el cual había probado en el vuelo anterior y resultó ser un exquisito manjar en presentación miniatura). Hasta la fecha me arrepiento de no haberlo hecho; la no muy joven sobrecargo (no sé por qué me sigo sorprendiendo de que mis expectativas del estereotipo holliwoodense no se cumplan) al recibir mi bandeja de comida todavía sellada,  y quiero decir: ¡todavía sellada! La aludida no encontró más solución que romper su sello y embutirse todos los alimentos de golpe. Eso es mentira, hubiera preferido eso, la tiro a la basura. Creo que ese fue el momento en el que la vida, junto con el hambre, volvió a mí. 

No habíamos ni aterrizado y yo ya me había impresionado con la arquitectura de Estambul, eso distrajo sólo un poco a la tripa al igual que el breve extravío de mi mochila (acepto mi culpa por despistado, pero algún personal del aeropuerto debería aceptar la suya por tenerme paseando de banda en banda buscándola). El hambre regresó con más fuerza, pero sólo para esfumarse de nuevo cuando llegué al metro y viendo el mapa me dije a mi mismo << ¡vaya! De verdad que no sé ni un poco de turco>>, fue hasta que bajé en el muelle, después de unos extraños episodios de micro sueños, que me invadieron los olores del mar, de elotes y castañas asadas y de panes (ekmek) con forma similar a las de los pretzels qué recordaría mi estado de ayuno para no olvidarlo en un buen rato. 

Después de tomar el ferri a Kadiköy la cosa no mejoró, a un lado del muelle es posible encontrar a muchos chicos vendiendo mejillones en puestos ambulantes (una mesa colgada a su cuello) y al adentrarme en las calles fui víctima de un ataque a los sentidos; el olor a carne asada directo al fuego, a especias orientales y las diversas y bien servidas presentaciones de kebbabs terminaron por hacer que sintiera el estómago cómo un chicle masticado (por cierto, llevaba cerca de media hora con la goma de mascar en la boca para, como dicen, engañar a la lombriz). Hasta la cafetería verde, la gran M amarilla y el rey de la hamburguesa (como verán nadie en el mundo se salva) parecían opciones viables. 

Después de un rato más de tortura, debido a mi falta de orientación o masoquismo inconsciente, llegué al hostal. El recibimiento fue cálido y como lo veo ahora (en ese momento se me hizo eterno) breve. Pronto escuché las palabras mágicas salidas de la boca de Firat, uno de los gerentes del hostal : "por el momento puedes ir a descansar y a comer algo, mañana comenzaremos con tu entrenamiento". No diré que salí de inmediato, primero tuve que asomarme por la ventana de mi cuarto y caer sobre una silla para darme cuenta de que ya estaba en donde quería y había planeado desde hacía tiempo. Después de eso fue como si me hubiera teletransportado, me encontré en la calle donde había cientos de opciones para escoger qué introduciría a mi organismo, fue cuando caí en cuenta de que no sabía qué era lo que quería comer. Maldita indecisión.

Cabe mencionar que Kadiköy se encuentra en la parte asiática de Estambul, digamos que el turismo no es de lo que se vive aquí, por ello son pocos los que hablan inglés, por supuesto el español está (salvo algunas pequeñas excepciones) fuera del mapa. Fue así que resultó la combinación de un muchacho mexicano hambriento, con pocas ganas de gastar mucho dinero, con muchas ganas de deleitar su paladar, sin la más mínima noción del idioma local y que a parte se "pone sus moños" (este joven prefiere como proteína animal los pescados y mariscos, evita la carne de ganado y a últimas fechas desprecia el pollo o piliç). 

Heme ahí buscando sin saber que quería encontrar, estuve más cerca de comprar unas gafas que de decidir cuál sería mi comida. Me animé a entrar a un restaurante que mostraba una gran variedad de platillos de los cuales uno podía elegir el o los que más le apetecieran, pero de nuevo, al no conocer la cultura, me hallé parado frente a una vitrina tratando de averiguar qué contenían los extraños guisos que humeaban dentro de charolas plateadas. No funcionó, la única palabra que el joven que intentó atenderme sabía en inglés era "chicken" y al parecer todo, o por lo menos todo lo que trató de venderme, tenía pollo. 

Di unas vueltas más, sin que el hambre me impidiera sorprenderme por el nuevo mundo que ahora se me presentaba, hasta que me rendí y tomé asiento en un local que lucía fotos de un platillo que asemejaba una pizza turca. Levanté mi dedo indice en la señal universal que indica una unidad, ¿de qué? De lo que fuera, sabía que si mi estómago hablará me habría dicho: "deja de payasear y elige algo". Todos sabemos cuan groseras pueden ser las tripas. 

Mi platillo no tardó en salir de un horno de piedra y menos tardaría yo en ingerirla, no sin antes sazonarlo con sal y perejil. En mi camino por terminar mi lahmacun, me pregunté qué era lo que tenía, sospeché (acertadamente) que la escasa y bien esparcida porción de ingrediente rojizo que cubría la masa plana era carne, de nuevo pude escuchar a mis intestinos, esta vez más enojados, diciendo: "ni se te ocurra hacerla de pedo", los obedecí sin mucha resistencia y acompañado de un ayran (una bebida hecha a base de yoghurt) la devoré. Por fortuna los que atendían el restaurante podían pronunciar los números en inglés, pagué la cantidad indicada y satisfecho, retomé mis laberínticos pasos. Ni hablar, claro que me pude haber ahorrado mucho tiempo y sufrimiento si de cualquier manera iba a terminar consumiendo carne de cordero, aquí hay más restaurantes de kebbabs que gente honrada en el mundo (y vaya que tengo esperanzas muy altas en la humanidad). 

En el poco tiempo que llevo fuera de casa no fue la única vez que me vi atacado por la ineficiencia que tengo para tomar decisiones, sin embargo, en el siguiente relato esta fue de mucha ayuda. Verán, al llegar al hostal después de que pasará todo lo anteriormente narrado, eché un vistazo en un calendario pegado cerca de la recepción. Resultó que el viernes de la semana en la que vivía se presentaría en un bar cercano una banda que tocaba exclusivamente covers de Pink Floyd. Al terminar de verificar la fecha en la que me encontraba ya me sentía más que anotado para asistir. Y así fue.

Después de una "barbecue" organizada por Firat en el techo del hostal, me puse en marcha al bar que acogería el evento ya mencionado, no sin antes verificar, con ayuda de la tecnología de nuestra era, cual era el camino que debía tomar, ni sin hacer una cordial invitación a todos los que me preguntaron a dónde me dirigía. Terminé yendo solo, algo a lo que no estoy muy desacostumbrado. Mi llegada al lugar que me indicaba el mapa que había memorizado fue rápida, pero verdaderamente llegar al sitio fue otra historia. Me encontré con un universo alternativo al que hasta ahora conocía de Kadiköy, el hostal que me hospeda se encuentra en una calle llena de restaurantes que tienen vida todos los día de la semana, sin embargo, la zona donde se localiza Sahna (nombre del bar de mi destino), está plagada de locales designados a la vida nocturna. Algo hermoso ante los ojos de todos aquellos quienes, como yo, prefieren la vida de noche. En fin, después de varias vueltas por aquella localidad alocada y de olvidar el mapa que había impreso en mi memoria, me disponía a regresar desanimado a dormir y reposar la garganta que aún me aquejaba (necesitaba urgentemente curarme ya que al parecer el 90 % de la población en Estambul acompaña sus días enteros con cigarrillos y yo no podía dejar de envidiar las bocanadas de humo que tragaban sus pulmones, aunque no me siento orgulloso de mi adicción) cuando me topé con una escalera que llevaba a un sótano cuyo nombre respondía al del bar que buscaba. 

Lo había encontrado. Ya me encaminaba hacía adentro cuando un hombre alto con vestimenta negra me detuvo y dijo algo que no recuerdo ni remotamente pero que desde ese mismo instante supe lo que quería decir. Tenía que pagar una cuota por mi entrada. Con una expresión parecida a un ¡oh diablos! El hombre de la entrada supo que yo no pertenecía a su país así que le indicó a una mujer que también trabajaba ahí que me explicara lo que pasaba o que me mandara vuelta a casa, pudo ser cualquiera de las dos. La dama que portaba, igual que su compañero, vestido oscuro me dijo en inglés que tenía que pagar "thirteen liras" o eso entendí, cuando saqué el dinero me señaló que la taquilla estaba arriba. De vuelta en la superficie había una pareja de personal similar a la de abajo; un hombre grande y una mujer, le entregué el dinero y al contarlo distinguí claramente su gesto de desaprobación y después de varios intentos de explicarme y de preguntar por mi procedencia natal, comprendí que el precio no era trece sino treinta. Fue ahí cuando mi indecisión crónica se hizo presente de nuevo, tenía dinero en el hostal pero no sabía si quería regresar y gastar esa cantidad para entrar a un bar a escuchar covers de la mítica banda, es decir, en México me rehusé siempre a pagar por una entrada y que ni siquiera me dieran las gracias, no sabía si estaba dispuesto a hacerlo en otro país. Me recargue a hacer cuentas en una baranda y pensar si valía la pena ir y regresar. Antes de tomar mi decisión, el staff turco me hizo saber con señas que estaba bien, que podía bajar sin pagar ni siquiera las trece liras sueltas que traía conmigo. Así es, esta vez mi lentitud para elegir una opción, lejos de acrecentar mi hambre, me permitió la entrada libre a un nuevo lugar. 

Aprendí que la indecisión es mala y puede llevar a la muerte por inanición sin embargo no es malo pensar y analizar las diferentes opciones que se presentan antes de elegir un camino. Hay situaciones que valen un tiempo de reflexión y hay otras que se toman, en argot futbolero, a bote pronto. Como decirle a la corista de la banda que hizo un excelente trabajo con la canción "The Great Gig in the Sky", que es la canción que se tocará para el vals de tú boda (en caso de que algún día te cases) y que sería fenomenal que ella lo interpretara, a menos claro que quisiera ser la protagonista del enlace. Todo esto se lo dije obviamente en español, pero estuve cerca; ella respondió con un fluido: "lo siento, no hablo español".

jueves, 21 de mayo de 2015

En vuelo

De no haber sido porque las bocinas del aeropuerto están colocadas hasta en el baño yo me hubiera tomado unos minutitos más y seguramente que no llegaba a Atlanta. Fue a partir de ese momento que perdí la noción del tiempo, sin embargo no dejé de andar a prisa en todo mi largo viaje. 

En el avión agradecí haber estado de lado del pasillo sin saber porque. Llegando al lugar de mi primera conexión maldije la organización estadounidense  la cual parecía no querer que llegara a tiempo al siguiente vuelo; moviendo filas de un lado a otro y preguntándole a los paisanos hasta el nombre de sus tatarabuelos, sin embargo al pasar la tediosa aduana los vecinos del norte me sorprendieron una vez más con la atención de su personal y las instalaciones futuristas de su base aérea. Como dicen quiénsabedonde: me callaron la boquita.

El vuelo a París ya fue otro boleto (literal y metafóricamente), de nuevo me alejaron de la ventana pero así como por su amabilidad olvidé a mi vecino de asiento en el viaje a Atlanta, jamás podré olvidar a quien fuese mi vecino en camino a Francia; un tipo güero tirando a rojo, mal encarado y de pocas palabras, me llamó la atención primero que llevaba la chamarra y el pantalón de algún equipo deportivo que no pude reconocer pero que varias otras personas llevaban puesto y segundo: su pie. Su maldito pie forrado con una bota de alpinista que cruzaba a mi lado, al lugar donde tenía que estar mi pie y no el suyo. Muchos pensarán que es intolerante de mi parte y que seguro había mucho más espacio, ¡y lo había! De su lado. 

Verán, tal vez no debí saltarme esta parte, al llegar a mi asiento una señora de edad avanzada y nacionalidad norteamericana colocaba una de sus múltiples maletas en la parte superior de mi lugar, así es, el hombre rojo no fue el primero ese día en invadir mi espacio. Lo más sorprendente es que la mujer repartió sus pertenencias por varios gabinetes del avión como si fueran huevos de pascua. Sin ganas de mentir, confieso que imaginé mis delicadas manos aplastando su cráneo, pero una vez más, me contuve y la dejé vivir.

Regresando al hombre rojo (llamarlo así resulta gracioso porque aparte de ser roja su piel, el uniforme que llevaba era también colorado), no le bastó con tomar mi espacio en el piso del avión de igual manera invadió lo que ingenuamente pensé que cedería; así es, como en el cine, el hombre se apoderó de todo el  descansabrazos. Cualquier lector con un gramo de sentido común se estará preguntando si estoy escribiendo esto desde la cárcel tras haberlo asesinado, sin embargo decidí hacer lo que las personas reprimidas (ellos se llamarán a sí mismos sensatas) habrían hecho; menté madres sabiendo que no entendería mi idioma y comencé a tratar de introducirme en la parte trasera del descansabrazos. Apenas pude colocar mi codo en la superficie de metal, me aferré a esa pequeña parte de mi territorio como se aferra un niño a un juguete que realmente no quería antes de olvidarlo. Me desesperé muy rápido, en realidad no era cómoda la posición que había ganado y que merecía por derecho así que la dejé ir, no sin antes maldecir nuevamente a mi vecino de avión ó como diría Edward Norton en El club de la pelea (Fight Club) "single serving friend" (amigo de porción individual), aunque se podría decir que en este caso sería mi enemigo de porción individual.

Es gracioso porque de verdad tuve un "single serving friend" durante el viaje, claro que no fue ese invasor de espacio personal y por supuesto que hubiera ignorado a la señora que se apoderó de la mitad de los guarda equipajes (yo también me pregunto como la dejaron subir con tantas cosas). Era una mujer probablemente de mi edad o un poco más chica, no recuerdo su nombre, ni siquiera recuerdo si se lo pregunté, aunque por lo regular es lo primero que hago. Yo no quería hablar ya que nos conocimos en una situación en la que pocos se sienten cómodos hablando (estábamos esperando en la fila del baño, por cierto, tener que esperar para entrar al baño ya es terrible, en un avión en el que esperas lo más posible para no molestar a los vecinos o simplemente para no tener que pausar la película que tardaste en elegir y que estaba llegando a su clímax es peor). En fin, la chica se me acercó (esta bien; se formó) luego me preguntó si estaba esperando el baño, solamente mi mente respondió con sarcasmo, mi cuerpo sonrió y dijo que sí, luego dijo algo que provocó su propia risa, no me sentía en el humor de preguntarle si me repetiría aquello que no entendí la primera vez así que sólo solté una risita con ella. Comenzó a causarme gracia verdadera cuando me preguntó si yo era francés, no fue la primera vez que me hicieron saber que no parecía un ciudadano estadounidense, no me importó, lo gracioso es que si de estereotipar se trata ni de lejos paso por francés tampoco. La chica se emocionó al saber que era de México pues su madre era hondureña, porque ella también sabía español claro, de ahí partimos a tener una conversación bilingüe. Fue extraña, imaginé que así hablaría con su madre quien ya se habría cansado de exigirle que en casa hablara la misma lengua del país que la vio nacer, de la misma forma ella (nuestra amiga) habría adoptado esa costumbre de mezclar palabras al intentar complacer a su madre. De todos modos, tuve que entrar al baño, salí y dije adiós.

A algunos les daría vergüenza ver películas animadas, corrección, películas animadas de princesas en un espacio donde se está expuesto a que muchas personas vean y juzguen la selección hecha, peor aún, que todos saben todas las otras opciones que había. A mí no, elegí Frozen. No vi mejor oportunidad para terminar la película que había empezado a ver la ultima vez que me trasladé en camión de un estado a otro. Y sí, la vi desde el inicio de nuevo, mientras mi vecino casi roncaba con un estreno de acción y una mujer dos filas adelante veía (desde hacía horas en mi percepción) una película de Johnny Depp que vi anunciada en el cine, yo analizaba una película que según mi hermano había cambiado el rumbo de las princesas de Disney. El chico tenía razón, es decir, esa película, junto con Maléfica, deja a un lado a los príncipes y muestra que el amor verdadero no proviene solamente de un extraño en el que la princesa en peligro vio reflejada su alma desde el primer y único momento que se miraron a los ojos, ¿quién lo diría?

La cena y una pequeña (por no decir mini) botella de vino me ayudaron a dormir un rato más, por lo regular duermo de a ratos en los aviones y este fue el segundo y último de este traslado trasatlántico. Al despertar intenté ver la película que aún no lograba terminar la mujer ya mencionada. Ella lo hizo, yo simplemente me pregunto: ¿cómo pudo? Algunos dirán que no estaba comprendiendo la trama, a mí me pareció una mala comedia para la cual no estaba en humor, tal vez sí me faltaron subtítulos (hay acentos que no comprendo en el idioma anglosajón: casi todos, entre ellos el inglés). No pasó más de media hora y un servidor ya  se encontraba mirando una película de David Fincher, enferma como me gustan aunque a diferencia de lo que las damas podrán opinar Ben Affleck no me mata.

Casi logro dormir una vez más, sin embargo, el frío, aunado a una tos que no me dejaría el resto de mis trayectos, impidió que me uniera de nuevo a Morfeo. Justo empezaba mi mente a jugarme trucos sucios pensando en la comodidad de mi casa que había rechazado y abandonado por tiempo indefinido cuando un pasajero que sí se encontraba pegado a la ventana (cabe mencionar que en este trayecto no estaba agradecido de no estar a lado de la ventana; tenía la ilusión de ver París una vez más y no sólo pisar su aeropuerto) decidió que era buen momento para dar un asomo. Las sensaciones momentáneas son las únicas sensaciones. 

No puedo describir lo que sentí al ver el amanecer porque no puedo ni recordarlo, fue casi mágica la tan orgánica reacción que los colores de un nuevo día vistos desde el aire provocaron en mí. Puedo recordar que dos días, tal vez tres (de nuevo mi desorientación temporal) antes de ese momento comentaba con mis amigos que no me gustaban los amaneceres, no por la relación que estos pudieran tener con el final de la fiesta, como lo comentó uno de mis camaradas, más bien me daban frío, con ese azul pálido y la espesa neblina que humedece el campo y a todos aquellos que después de horas hubiesen podido encontrar calor en la oscuridad. Tampoco me encantaba la idea de que con su luz dejará ver la verdad de los rostros de las cosas y las personas pero esta era una revelación agradable. La verdad tan pronta de que presenciaría eventos que no había visto jamás y que cambiaría de opinión sobre mis gustos muchas veces más. 

Y es que eso no significa que ya me gusten los amaneceres, significa que la próxima vez que salga el tema a flote diré que los amaneceres los prefiero desde las alturas. 


Así comenzó mi aventura.