Salvo por la escasa (dígase nula) existencia de vendedores en el transporte público, mi primera impresión de Turquía fue que no es tan diferente a México. Bien, las revoluciones de la vida cotidiana son más lentas por aquí pero, al igual que los paisanos, los autos no respetan a los peatones y los peatones se sienten invencibles, prefieren cruzar cuando parece una buena oportunidad y no cuando el monigote de luz verde lo indica. Las motocicletas están hechas de goma aquí también al igual que sus conductores; entran en andadores peatonales, desafían a los camiones y no tienen ningún reparo en marchar a contra flujo. Toda hora es buena para tomar té o çai y mi madre se volvería loca con la cantidad de vitrinas que exhiben pastelillos y postres. Ni siquiera yo me resistí, aunque como de costumbre, mi indecisión me llevó a pedir uno de los que supongo formaba parte de la peor selección de bocadillos dulces. Espero no ser mal interpretado, esa bola con chispas de chocolate estaba bastante sabrosa, sólo que mi paladar estaba preparado para algo más suave.
Tengo un dicho: "ponerle de dos salsas a tu taco no significa que te guste el chile, se llama indecisión".
Como mencioné en el relato anterior, un horrible dolor de garganta me invadió a mi llegada al aeropuerto de París y este vino acompañado de somnolencia, por lo que mis ratos de dormir en el siguiente vuelo fueron mucho más prolongados (estuve más tiempo dormido sobre la mesa de servicio que despierto haciendo gestos con mis compañeros de fila que sabediós que idioma hablaban). Al igual que adormecido, me sentí inapetente, así que al recibir la charola con mis alimentos ni siquiera me atreví a abrirla. Es decir, quise meterla entera a mi mochila (hoy en día ni un viajero, ni cualquier persona que tenga un ligero sentido del ahorro dejaría pasar la oportunidad de tener comida gratis) pero ya no tenía espacio y no iba a abrir el paquete sólo para hurtar el queso empaquetado (el cual había probado en el vuelo anterior y resultó ser un exquisito manjar en presentación miniatura). Hasta la fecha me arrepiento de no haberlo hecho; la no muy joven sobrecargo (no sé por qué me sigo sorprendiendo de que mis expectativas del estereotipo holliwoodense no se cumplan) al recibir mi bandeja de comida todavía sellada, y quiero decir: ¡todavía sellada! La aludida no encontró más solución que romper su sello y embutirse todos los alimentos de golpe. Eso es mentira, hubiera preferido eso, la tiro a la basura. Creo que ese fue el momento en el que la vida, junto con el hambre, volvió a mí.
No habíamos ni aterrizado y yo ya me había impresionado con la arquitectura de Estambul, eso distrajo sólo un poco a la tripa al igual que el breve extravío de mi mochila (acepto mi culpa por despistado, pero algún personal del aeropuerto debería aceptar la suya por tenerme paseando de banda en banda buscándola). El hambre regresó con más fuerza, pero sólo para esfumarse de nuevo cuando llegué al metro y viendo el mapa me dije a mi mismo << ¡vaya! De verdad que no sé ni un poco de turco>>, fue hasta que bajé en el muelle, después de unos extraños episodios de micro sueños, que me invadieron los olores del mar, de elotes y castañas asadas y de panes (ekmek) con forma similar a las de los pretzels qué recordaría mi estado de ayuno para no olvidarlo en un buen rato.
Después de tomar el ferri a Kadiköy la cosa no mejoró, a un lado del muelle es posible encontrar a muchos chicos vendiendo mejillones en puestos ambulantes (una mesa colgada a su cuello) y al adentrarme en las calles fui víctima de un ataque a los sentidos; el olor a carne asada directo al fuego, a especias orientales y las diversas y bien servidas presentaciones de kebbabs terminaron por hacer que sintiera el estómago cómo un chicle masticado (por cierto, llevaba cerca de media hora con la goma de mascar en la boca para, como dicen, engañar a la lombriz). Hasta la cafetería verde, la gran M amarilla y el rey de la hamburguesa (como verán nadie en el mundo se salva) parecían opciones viables.
Después de un rato más de tortura, debido a mi falta de orientación o masoquismo inconsciente, llegué al hostal. El recibimiento fue cálido y como lo veo ahora (en ese momento se me hizo eterno) breve. Pronto escuché las palabras mágicas salidas de la boca de Firat, uno de los gerentes del hostal : "por el momento puedes ir a descansar y a comer algo, mañana comenzaremos con tu entrenamiento". No diré que salí de inmediato, primero tuve que asomarme por la ventana de mi cuarto y caer sobre una silla para darme cuenta de que ya estaba en donde quería y había planeado desde hacía tiempo. Después de eso fue como si me hubiera teletransportado, me encontré en la calle donde había cientos de opciones para escoger qué introduciría a mi organismo, fue cuando caí en cuenta de que no sabía qué era lo que quería comer. Maldita indecisión.
Cabe mencionar que Kadiköy se encuentra en la parte asiática de Estambul, digamos que el turismo no es de lo que se vive aquí, por ello son pocos los que hablan inglés, por supuesto el español está (salvo algunas pequeñas excepciones) fuera del mapa. Fue así que resultó la combinación de un muchacho mexicano hambriento, con pocas ganas de gastar mucho dinero, con muchas ganas de deleitar su paladar, sin la más mínima noción del idioma local y que a parte se "pone sus moños" (este joven prefiere como proteína animal los pescados y mariscos, evita la carne de ganado y a últimas fechas desprecia el pollo o piliç).
Heme ahí buscando sin saber que quería encontrar, estuve más cerca de comprar unas gafas que de decidir cuál sería mi comida. Me animé a entrar a un restaurante que mostraba una gran variedad de platillos de los cuales uno podía elegir el o los que más le apetecieran, pero de nuevo, al no conocer la cultura, me hallé parado frente a una vitrina tratando de averiguar qué contenían los extraños guisos que humeaban dentro de charolas plateadas. No funcionó, la única palabra que el joven que intentó atenderme sabía en inglés era "chicken" y al parecer todo, o por lo menos todo lo que trató de venderme, tenía pollo.
Di unas vueltas más, sin que el hambre me impidiera sorprenderme por el nuevo mundo que ahora se me presentaba, hasta que me rendí y tomé asiento en un local que lucía fotos de un platillo que asemejaba una pizza turca. Levanté mi dedo indice en la señal universal que indica una unidad, ¿de qué? De lo que fuera, sabía que si mi estómago hablará me habría dicho: "deja de payasear y elige algo". Todos sabemos cuan groseras pueden ser las tripas.
Mi platillo no tardó en salir de un horno de piedra y menos tardaría yo en ingerirla, no sin antes sazonarlo con sal y perejil. En mi camino por terminar mi lahmacun, me pregunté qué era lo que tenía, sospeché (acertadamente) que la escasa y bien esparcida porción de ingrediente rojizo que cubría la masa plana era carne, de nuevo pude escuchar a mis intestinos, esta vez más enojados, diciendo: "ni se te ocurra hacerla de pedo", los obedecí sin mucha resistencia y acompañado de un ayran (una bebida hecha a base de yoghurt) la devoré. Por fortuna los que atendían el restaurante podían pronunciar los números en inglés, pagué la cantidad indicada y satisfecho, retomé mis laberínticos pasos. Ni hablar, claro que me pude haber ahorrado mucho tiempo y sufrimiento si de cualquier manera iba a terminar consumiendo carne de cordero, aquí hay más restaurantes de kebbabs que gente honrada en el mundo (y vaya que tengo esperanzas muy altas en la humanidad).
En el poco tiempo que llevo fuera de casa no fue la única vez que me vi atacado por la ineficiencia que tengo para tomar decisiones, sin embargo, en el siguiente relato esta fue de mucha ayuda. Verán, al llegar al hostal después de que pasará todo lo anteriormente narrado, eché un vistazo en un calendario pegado cerca de la recepción. Resultó que el viernes de la semana en la que vivía se presentaría en un bar cercano una banda que tocaba exclusivamente covers de Pink Floyd. Al terminar de verificar la fecha en la que me encontraba ya me sentía más que anotado para asistir. Y así fue.
Después de una "barbecue" organizada por Firat en el techo del hostal, me puse en marcha al bar que acogería el evento ya mencionado, no sin antes verificar, con ayuda de la tecnología de nuestra era, cual era el camino que debía tomar, ni sin hacer una cordial invitación a todos los que me preguntaron a dónde me dirigía. Terminé yendo solo, algo a lo que no estoy muy desacostumbrado. Mi llegada al lugar que me indicaba el mapa que había memorizado fue rápida, pero verdaderamente llegar al sitio fue otra historia. Me encontré con un universo alternativo al que hasta ahora conocía de Kadiköy, el hostal que me hospeda se encuentra en una calle llena de restaurantes que tienen vida todos los día de la semana, sin embargo, la zona donde se localiza Sahna (nombre del bar de mi destino), está plagada de locales designados a la vida nocturna. Algo hermoso ante los ojos de todos aquellos quienes, como yo, prefieren la vida de noche. En fin, después de varias vueltas por aquella localidad alocada y de olvidar el mapa que había impreso en mi memoria, me disponía a regresar desanimado a dormir y reposar la garganta que aún me aquejaba (necesitaba urgentemente curarme ya que al parecer el 90 % de la población en Estambul acompaña sus días enteros con cigarrillos y yo no podía dejar de envidiar las bocanadas de humo que tragaban sus pulmones, aunque no me siento orgulloso de mi adicción) cuando me topé con una escalera que llevaba a un sótano cuyo nombre respondía al del bar que buscaba.
Lo había encontrado. Ya me encaminaba hacía adentro cuando un hombre alto con vestimenta negra me detuvo y dijo algo que no recuerdo ni remotamente pero que desde ese mismo instante supe lo que quería decir. Tenía que pagar una cuota por mi entrada. Con una expresión parecida a un ¡oh diablos! El hombre de la entrada supo que yo no pertenecía a su país así que le indicó a una mujer que también trabajaba ahí que me explicara lo que pasaba o que me mandara vuelta a casa, pudo ser cualquiera de las dos. La dama que portaba, igual que su compañero, vestido oscuro me dijo en inglés que tenía que pagar "thirteen liras" o eso entendí, cuando saqué el dinero me señaló que la taquilla estaba arriba. De vuelta en la superficie había una pareja de personal similar a la de abajo; un hombre grande y una mujer, le entregué el dinero y al contarlo distinguí claramente su gesto de desaprobación y después de varios intentos de explicarme y de preguntar por mi procedencia natal, comprendí que el precio no era trece sino treinta. Fue ahí cuando mi indecisión crónica se hizo presente de nuevo, tenía dinero en el hostal pero no sabía si quería regresar y gastar esa cantidad para entrar a un bar a escuchar covers de la mítica banda, es decir, en México me rehusé siempre a pagar por una entrada y que ni siquiera me dieran las gracias, no sabía si estaba dispuesto a hacerlo en otro país. Me recargue a hacer cuentas en una baranda y pensar si valía la pena ir y regresar. Antes de tomar mi decisión, el staff turco me hizo saber con señas que estaba bien, que podía bajar sin pagar ni siquiera las trece liras sueltas que traía conmigo. Así es, esta vez mi lentitud para elegir una opción, lejos de acrecentar mi hambre, me permitió la entrada libre a un nuevo lugar.
Aprendí que la indecisión es mala y puede llevar a la muerte por inanición sin embargo no es malo pensar y analizar las diferentes opciones que se presentan antes de elegir un camino. Hay situaciones que valen un tiempo de reflexión y hay otras que se toman, en argot futbolero, a bote pronto. Como decirle a la corista de la banda que hizo un excelente trabajo con la canción "The Great Gig in the Sky", que es la canción que se tocará para el vals de tú boda (en caso de que algún día te cases) y que sería fenomenal que ella lo interpretara, a menos claro que quisiera ser la protagonista del enlace. Todo esto se lo dije obviamente en español, pero estuve cerca; ella respondió con un fluido: "lo siento, no hablo español".