Entonces Ibrahim dijo: "Claro que comen pollo, son gaviotas, se comen todo. Incluso podrían comerte a ti." Ibrahim es uno de los dueños del hostal, se aparece por aquí de vez en vez y nunca había escuchado de su boca (me refiero a algo en un idioma que yo pudiese entender) algo que no fuera un saludo. Su comentario en inglés fue en respuesta a la sorpresa de Luciana al ver a las aves ya mencionadas batallando por una pieza de pollo a la parrilla, ella es mi compañera italiana de trabajo y de cuarto. Como sea, esa frase me mató de la risa. Claro, hacía tiempo ya que yo había corroborado esa afirmación.
Las calles de Estambul están llenas de vida. La parte asiática escupe juventud turca, mientras en la europea hay una mezcla de idiomas digna de Babel. Las partes silenciosas de esta gran urbe representan tranquilidad, no soledad, e incluso en Ramadán es factible encontrar personas en la calle tomando una cerveza en horas de madrugada. Así es, la vida no se detiene y mucho menos teniendo en cuenta que la fauna de la ciudad no se reduce sólo a los humanos.
No son osos, sin embargo, la gordura de los perros callejeros podría hacerlos pasar por estas criaturas del bosque o por lo menos por ovejas que llevan años sin ser trasquiladas. Tal vez sea la costumbre o su misma obesidad, aquello que les impide entrar en esta constante pelea en contra de los gatos, quienes aparte superan a la población canina en una considerable cantidad. La gente es amable con estos animales, incluso se podría decir servicial, y no es para menos; la inmensa cantidad de felinos anula la existencia de ratas y ratones.
En los tejados la situación no es muy distinta. Es común observar por las mañanas a las personas colocando en sus balcones pedazos de pan con la única intención de alimentar a las gaviotas o a cualquier otra ave que pase por ahí. Zehra, la chica local que prepara el desayuno de lunes a viernes, no es la excepción. Ella prefiere arrojar al techo vecino los huevos cocidos que no fueron consumidos dentro del horario del desayuno y ver como las aves blancas se amontonan por consumir un pedazo de lo que bien podría llamarse el aborto de sus primos lejanos. Sí, se comen todo, incluso lo que no está destinado a terminar en su pico, hasta me he llegado a sentir su cómplice al contemplar con una sonrisa como hurtan el desayuno de algún cliente despistado que olvidó llevar a su mesa el café.
Fue en el techo que conocí a Kokorito, un polluelo de gaviota con el cual jugaba al "frisbee" con rebanadas de pan para alimentarlo. Me sorprendió lo territoriales que eran estas aves; cada vez que otro pájaro se planteaba aterrizar en el techo donde habitaba mi pequeño amigo, sus padres lo ahuyentaban con aleteos y con esos horribles graznidos que emiten las gaviotas desde tempranas horas. Al observar más a detalle, noté también cómo no planeaban dejar sola a su cría; cerca de las siete de la tarde, los animales emplumados de la ciudad salen a dar un paseo alentadas por la corriente de viento que es más prominente a esta hora del día. Al parecer, todas se divierten mucho, pero los progenitores de Kokorito hacían relevos para ir de paseo.
En fin, logré encariñarme con el feo pichón después de pasar largos ratos esperando la puesta de sol (en vano) y apreciando la danza aérea sincronizada de los plumíferos citadinos. De tal modo que presenciar el primer vuelo de Kokorito se hizo mi mayor deseo, con el cual contagié a Hüseyin, mi kanka (podría traducirse en español mexicano a mi carnal). Fue dando un paseo con este muchacho que vimos a una bebé gaviota detener el tráfico, ya que no sabía volar y al parecer no estaba familiarizado con las casi nulas normas de tránsito de la ciudad.
Mi corazón se detuvo, pude imaginar que se cayó del tejado que lo vio nacer y peor aún: pude imaginar a mi querido Kokorito cayendo como lo hiciera este de su misma especie. Esa tarde, al regresar al hostal, corrí al techo para verificar que mi emplumado camarada siguiera ahí. Y así fue. No obstante, otro fenómeno llamó mi atención; tanto mi compañero emplumado como las demás crías de gaviota en los otros techos vecinos, saltaban impulsados de las tejas para aletear al viento practicando su primer despegue. He de aceptar que Kokorito no era más agraciado que los demás, pero mi cariño ya lo tenía.
Durante varios días se convirtió en nuestro pasatiempo favorito (de Hüseyin y mío), alentar a a la pequeña ave a volar: ¡uç Kokorito, uç! Mi amigo (humano), quien es el encargado de la barra del hostal, no tardó en perder la esperanza, creo que sus palabras exactas traducidas al español fueron: "Kokorito no vuela, es idiota", pero mi fe no se acabo tan pronto como la suya; seguiría cada tarde subiendo a la terraza para verificar que no hubiera salido del nido sin que yo estuviese ahí para presenciarlo.
Fue en una tradicional fiesta de sábado por la tarde, en la terraza de Hush Moda, que no pude encontrar al pajarito. Tuve que detener mis lágrimas porque había mucha gente en la reunión sabatina, pero no pude dejar de sufrir por las diferentes opciones que venían a mi mente; tal vez Kokorito no había querido esperarme y partió habiendo dominado la técnica de vuelo, o peor aún; era posible que hubiera caído como aquella primera gaviota que vi caminando por la calle. Como fuera, su techo estaba vacío, tal como yo me sentía. Sin embargo, dentro de mi búsqueda desesperada pude notar como una gran esfera de luz rojiza se iba escondiendo poco a poco en el horizonte delimitado por la torre Galata (una de las mayores atracciones en la zona de Taksim) y demás monumentos afamados del lado europeo.
Así es. Por fin pude presenciar un atardecer completo. ¡Y cuán hermoso era! En ocasiones anteriores sólo había podido notar cómo la luz se filtraba por los edificios o se reflejaba en el cielo nublado, dando a las formaciones de vapor un tono bicolor, pero ahora, veía como cada segundo la pelota a la cual llamamos sol bajaba más y más despidiéndose de los pobladores de Istanbul. Hasta pensé en correr a por mí cámara, pero ya me había perdido un gran acontecimiento en el día (el vuelo de mi Kokorito), no me sentía con ánimos de dejar pasar el segundo. Fue una decisión acertada; la partida del gran astro fue cuestión de un par de minutos, jamás hubiera logrado correr al departamento frente al hostal (en el que habitamos aquellos que trabajamos a cambio de hospedaje) para tomar la cámara y estar de regreso a tiempo (sin contar los minutos que me hubiera quitado la inminente caída que mi torpeza, aunada a la urgencia, hubieran provocado subiendo o bajando las largas escaleras). Además, entendí que hay circunstancias que tan no son dignas de ser capturadas, que ni el mejor filtro de un teléfono móvil podría dar una mínima idea de la magnificencia de algo tan simple y tan cotidiano (excepto en el polo norte en épocas de verano) cómo lo es el final de un día ó el primer vuelo de una gaviota.
Los días han pasado y estoy seguro de que Kokorito ha regresado. Probablemente para burlarse de sus contemporáneos vecinos que aún no logran volar. Como le dije a Hüseyin: "Kokorito es el chico más listo de la cuadra". Cada vez pasa más tiempo entre visita y visita a su antiguo hogar. Supongo que llegará la ocasión (a no ser que ya llegó desde hace mucho y sólo me engaño a mi mismo) en la que jamás vuelva. Sus alas cada día se ven más blancas y menos grises. Seguro que también me perderé su evolución de un horrendo polluelo a una espantosa y maligna gaviota que al crecer sabrá que puede obtener algo mejor que pan. Sí, mientras las gaviotas bebés son feas pero simpáticas y agradecidas, las adultas son temibles y hasta se dan el lujo de ignorar la comida gratuita que un buen samaritano les otorga. Probablemente no tardarán en demandar carne humana. Hitchcock no hizo una película, hizo una predicción.